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Entra y siéntete en casa...

viernes, 29 de enero de 2016

16 años






Semanas antes me había sorprendido comentándole a su mejor amigo que deseaba verle la próxima vez que volviera a la ciudad.  Hasta entonces preferí mantener las distancias, romper nuestra conexión y vínculo para poder ser libres y seguir con la vida que había elegido.

Aquella última semana de Enero estaba siendo semana de frío y niebla y cuando los vi en la puerta de casa entre la atmósfera blanquecina causada por la niebla, creí que eran dos ángeles que me visitaba.
Él estaba junto a la puerta y su amigo un par de pasos atrás,  dejando a Rodrigo en claro primer plano.

Apenas pude dar un paso durante algunos segundos. Habían pasado 16 años, recordé una vez más la última imagen que guardaba de él...
Al final de un pasillo en penumbra, desnudo, pidiéndome que no me fuera de su vida.  Y yo cargada de dudas y de miedo ante el  precipicio de enfrentarme a la vida sin él aguardaba junto a la puerta sabiendo que una vez que saliera de aquella casa nunca más regresaría.  Allí - yo junto a la puerta y él en el umbral de la puerta del dormitorio que había sido testigo de nuestra última tarde de amor y deseo-  me dijo las palabras más bonitas que un hombre se atrevió a decirme nunca, su desnudez no solo era física, en aquel momento siendo consciente del instante que vivíamos decidió despojarse de lo poquito que le quedaba por decir.  Un poquito que se grabó a fuego en mi corazón de madera.

Un quindenio después había escuchado mi deseo de querer verlo  y no había tardado más de un mes en tenerle frente a mí.  No pude evitar hacer una mueca de emoción y él dio los tres pasos que nos separaban y se fundió en un abrazo que rezumaba puro amor, sentimientos que no se extinguieron y que guardamos en nosotros pese a las circunstancias y el tiempo.


La comunicación y el compartir vida fluyó con naturalidad en los días y semanas siguientes.
Era las cinco de la tarde cuando avivó el fuego de la chimenea en aquel proyecto de casa, en la que apenas había muebles ni lujos pero aún viviendo con lo indispensable se le veía resuelto y con energía.   Y en ese momento sentí como si el tiempo no hubiera transcurrido, que nuestras arruguitas y las canas que se dibujaban ya en su pelo crecido era el resultado de la vida que transcurrió mientras jugábamos a alejarnos uno del otro, cuando la única verdad que existía era que los dos nos acoplábamos tan bien que no pudimos entender como una vez creímos estar equivocados.
Él me miró con sus ojos marrones esperanzados.  Le dije las palabras más bonitas que le he dicho a un hombre en mi vida, le dije mi verdad. La única verdad que nacía en mi corazón de agua salada.
Y él sin pedir permiso me dio un beso ahogado en sonrisas, interrumpido por palabras de alegría, de planes aún por inventar...


No mucho tiempo después me volvió a proponer aquello que me dijo cuando éramos atolondrados y arrasábamos como huracanes.   "Nuestro amor sigue mereciendo un hijo".
Volví a recordar aquellos días de pasión en los que planeamos la posibilidad de ser padres, aunque para él era como el regalo  que  podía hacerle a la única mujer que lo había amado incondicionalmente.  Ahora volvió a plantearlo,  y volví a recordar aquellas dudas y aquellos sueños que por exceso de responsabilidad se quedaron en hermosos pensamientos que nunca llegaron a realizarse ni en esos momentos ni en los nuevos tiempos que llegaron.
Ahora Rodrigo estaba allí, de nuevo, no sabía exactamente durante cuanto tiempo. Me cogió de la mano y me susurró que no habría otra madre más amorosa que yo para su hijo...  un hijo con el que soñamos hacía ya dos décadas y que volvía a nuestras íntimas conversaciones.

Y de repente lo descubrí en el otro lado de la cama,  tuve claro todo lo bueno que me ofrecía, que para la mayoría era poquito pero para mí era lo más grande que me habían ofrecido nunca antes... Le sorprendí haciendo planes, incluyéndome en su vida, yo me volví a fundir en sus hábitos, en nuestros sueños olvidados que nunca se extinguieron.  Y abre los ojos en las mañanas y conversamos en susurros, nos levantamos para desayunar siempre juntos.  Tienes la certeza, de que lo verdaderamente importante no es acostarse por las noches y pasar un buen rato, mucho antes de eso habíamos desnudado nuestras almas, habíamos volcado nuestras miserias, nuestras movidas y miedos al igual que nuestros sueños y todo lo bonito que aún nos quedaba después de un largo camino de desesperanzas.  
Cuando me miraba cada mañana, cada momento compartido sentía que ese sentir era recíproco, verdadero y excitante.
Nunca fui mujer de joyas ni restaurantes con estrellas, siempre fui mujer de poquitos, de vida sencillas, y ahora cuando me reflejo en sus ojos veo nuestro infinito.  Sus palabras siempre tan sabias y divertidas, esas que nunca  dejaron de guiar mi camino, esas que me hicieron volver  a mi hogar, a mi verdadero amor,  a su loco corazón de caramelo...








martes, 26 de enero de 2016

De siempres y nuncas





Nunca creyó en los amores imposibles, en el amor platónico, en el que nunca podrá ser...



Siempre creyó en el tiempo, en los puentes, en las coincidencias de la mente y el espacio.

Ahora su mirada se hiela, sus pestañas se enredan entre las ramas de la incertidumbre,  en su mirada se desquebrajan momentos imposibles,  y se pierde en un bosque de sueños inventados, de besos no dados, de palabras sin dueño.

Nunca dejó de creer en el sabio tiempo que todo lo da, en esos puentes que siempre se cruzan y en las mentes enrevesadas y perdidas que siempre se encuentran justo en el mejor pensamiento y en el punto adecuado.




Siempre creyó en los amores imposibles, en el amor platónico, en el que siempre podrá ser...








jueves, 21 de enero de 2016

Gélido Arcoíris de recuerdos



No deja de ser sorprendente como los recuerdos saltan al presente sin razón, sin estar predispuesto a ello, simplemente se recuerda...

El pequeño hijo de mi vecina Remedios me puso un puñado de caramelos multicolor con el fondo de chocolate. El dulce arcoíris me trasladó  a varios años atrás, cerré la mano con los caramelos mientras saboreaba uno color morado.  Para algunos podrían ser muchos años, para otros no tanto y para mí el tiempo carecía de importancia...



Recordé la última vez que comí esos caramelos que en aquella ocasión estaban incorporados a un helado de stracciatella.  Aquél día hacía frío, fue uno de los Eneros más fríos que recuerdo, una ola de frío polar recorría el país de norte a sur, y nuestro sur siempre tan templado aquellos días estaba helado, sin embargo a Hugo y a mi nos gustaba perdernos algunas tardes de los días laborales en algún lugar indeterminado.  Aquella tarde, ya con las sombras de la noche sobre su furgoneta hippie, acabamos en los aparcamientos de un centro comercial comiendo aquel helado con los caramelos multicolor, la calefacción puesta y hablado de lo que acontecía el día.  Sin embargo yo lo miré y comprendí que todo estaba llegando a su fin, que había algo que no terminó de cuajar y que nuestro amor comenzaba a helarse tanto como los campos y ciudades lo estaban aquellos días.   Supe que posiblemente aquel momento sería el último que compartiríamos lugares insospechados, momentos regalados, tiempos que buscábamos y robábamos al día a pesar de que podríamos estar al confort de una estufa en el cobijo de un hogar.  Pero durante mucho tiempo fue tan necesario arañar al día ese tiempo para estar juntos y reírnos de las cosas más absurdas que estar en un aparcamiento comiendo helado con la calefacción puesta era la situación mas divertida y perfecta que podríamos soñar en aquellos días...

Hugo me miró y dejó guardada para él su sonrisa.  Puede que  él también descubriera la extraña brecha,  intuí que quiso decir algo que convirtió en insólito silencio. Un silencio que sonó a gélido  ártico...



En ese momento descubrí que los caramelos que me dio el hijo de  Remedios habían teñido mi mano a causa del calor de ella.  Probé alguno más... rojo, verde, naranja...   Ahora después del tiempo pasado pienso que el fin de ese amor fue tan insospechado como sutil,  a veces pienso que nunca se acabó del todo.  Que estamos en un letargo polar y es por eso por lo que cada tanto él vuelve para asegurarse que esa Era Glacial permanece, pero llega tan tarde que sólo puede ver un corazón en la nieve...








martes, 19 de enero de 2016

Un minuto





Siempre quise tener un minuto de clarividencia, poder entrar en la mente del hombre que amo.  Escucho sus palabras y disfruto sus hermosos y pequeños gestos sabiendo lo complicado que puede resultar el dedicar unos momentos de atención tras una larga y agotadora jornada laboral. 

A veces lo miro mientras duerme ajeno a mis pensamientos,  a tantas preguntas que podría hacer y se quedan en mí por miedo a saber la respuesta o por no querer  darle importancia extrema a cosas que él ve insignificantes.

Anoche viví uno de esos momentos de incertidumbre,  de divagaciones mentales y búsqueda de la armonía de mi mente cargada con inseguridades a la par de brillante esperanza, restos de brillantina y confeti de alegrías pasadas.
Anoche lo miraba mientras dormía y no sé cómo ni porqué tuve un minuto de claridad, entré en su mente, tuve ese poder que tantos quieren poseer, mi telepatía y clarividencia sólo duró un minuto, pero pude ver como me veían sus ojos, pude sentir las mariposas de sus entrañas, el miedo a perderme y el deseo de que me decida a darle un hijo, pude sentir sus ganas de ser padre, el deseo de hacer el amor en cualquier momentos del día y el cansancio que tenía al llegar a casa con su frustraciones por no poder tener horarios adecuados para dedicarme más tiempo.   Descubrí en ese minuto todo el amor que me procesaba,  la pasión y todos los planes que inventaba conmigo... Igualmente pude ver que hace un año cuando estábamos en un momento precioso, podría decir que era nuesrto mejor momento, él se planteó marcharse, pensó en abandonar nuestra casita recién estrenada, nuestra cama salvaje y nuestra serena vida de pueblo. ¿Porqué?... Eso no pude saberlo,  pero ahora sé lo que siente. Todos tenemos dudas, miedos y vértigo ante lo inesperado... Y yo fui lo inesperado.


Ese minuto me ha regalado una vida, ya no hay dudas, solo más ganas de seguir a su lado.





sábado, 16 de enero de 2016

Moras y aMores







La luz anaranjada de la tarde entraba por la ventana de la cocina, el horno y algunos fogones encendidos mantenían  una agradable temperatura el humilde hogar de Carmen.  
Había llegado de la tienda donde trabajaba un tanto cansada pero mientras almorzaba en la banqueta de la cocina vio las moras rojas que se pondrían pochas si no hacía algo  con ellas.  Decidió hacer una tarta.  No le gustaba ver como la comida y sobretodo la fruta se estropeaba, así que siempre hacía almuerzos, meriendas o cenas alternativas donde poder utilizar de una manera sutil y exquisita esos alimentos que se quedaban olvidados por desgana o despiste.

Los restos de harina, chocolates, moras y azúcar estaban esparcidos por la mesa central. Una mesa de madera fuerte y con historia.
   Cuando Tobías apareció con el pijama y con el rostro aún con expresión de durmiente ella le sonrió. Estaba sentada terminando de colocar las moras más enteras y con buen estado sobre la tarta a modo decorativo.  Tobías recogió algunas que cayeron al suelo y las  tiró en un pequeño cubo de basura.

"Cuando llegué estabas ya dormido" Le dijo ella sin dejar de poner moras en la tarta.
"Hoy tuve un día duro, hubo una avería y todo se complicó, Carmelo se calló de las escaleras y bueno, no paso nada pero fue un susto.  Luego lo llamaré"  " Y a ti como te fue... "  Se sentó en otra banqueta mientras comenzó a limpiar la mesa de los restos del trabajo de repostería.

"Bien, comienzan a animarse,  he tenido buena venta.  Hubiera sido una gran mañana si no fuera porque una señora se desmayó y me dio un buen susto. Se recuperó al momento, una bajada de azúcar... " 

Tobías fue a enjuagas la bayeta y terminar de dar una pasada para dejar perfecta la mesa.  Se preparó un café  y cogió dos pequeños platos. Para cuando  puso todo en la mesa ya Carmen había terminado la tarta y la colocó en el  centro de la mesa donde lucía de una forma hermosa.

Ella se preparó un chocolate instantáneo. Él fue por los cubiertos que puso sobre las servilletas de papel para seguidamente de una forma cariñosa, abrazar por la espalda a Carmen acariciando su tripa que ya era prominente, "no deberías trabajar tanto, descasa más"  "estoy bien, no quería que se estropearan las moras".  Tobías acarició durante un rato el vientre de la mujer mas bonita que había conocido, susurró palabras a su hijo y a la mujer con la que compartía la vida.

Carmen se giró y le besó, la tarde era silenciosa, la luz del día de aquel helado Enero ya se perdía entre los tejados de las casas vecinas, sólo se escuchaba el sonido de su beso y el roce de sus cuerpos. El teléfono sonó. Ella quiso olvidar ese sonido que interrumpía el mejor momento de su día y él separó sus labios, separó su abrazo con cierta desgana y cogió el teléfono para descubrir que era su amigo y compañero de trabajo Carmelo para hablar de algo del trabajo.  Carmen lo miró mientras él hablaba, suspiró y se sintió privilegiada al tener un hombre tan bueno y especial a su lado. Él le guiñó un ojo y le sonrió.  Ella se levantó un instante para acercarse la tarta y cortar un par de porciones.

... Estaba deliciosa.





martes, 12 de enero de 2016

Enero generoso




Las luces de un Enero generoso regalaban al paisaje unas vistas deliciosas, no se echaba de menos ni el dulce olor a azahar ni los sonidos de los nidos de gorriones que anidaban osadamente en los huecos de la casa de Catalina.

Aquella  mañana habían estado en la ciudad, llegaron tarde de su última cita médica y por eso aquella tarde tomaron su café aún con algunos platos del tardío almuerzo en la mesa del  porche.

A Catalina le gustaba tomarse su poquito de café con un algo de chocolate, no tenía predilección, lo mismo podía ser una galleta,  un pastel, un trozo de tarta o una onza... pero lo importante era que fuera chocolate. 
Pablo tenía ese detalle bien presente.  En el camino de vuelta paró unos minutos para comprar algunas cosas importantes y sobre todo el chocolate de Catalina, no olvidaba el día que en casa no quedó nada de esa dulce tentación y tuvo que salir a la ciudad tras no poder soportar ver a Catalina con el envoltorio vacío oliendo los restos del pastelito.

Se acercó al porche donde ella descansaba mirando el paisaje y puso entre sus manos un par de onzas de puro chocolate negro. Ella lo mordió con sus blancos y fuertes dientes, y él se sentó a su lado haciendo un gesto para que la mujer pusiera los pies sobre sus piernas y así descansara de su pesada carga.

¿Crees que mañana lloverá?  Preguntó mirando con recelo las nubes que iban ocultando el azul de un cielo esperanzado.  Sabía que su Catalina además de una excelente compañera de vida era una experta en adivinar el tiempo que iba a hacer en horas o días... Alguna vez se lo explicó pero él no entendía nada, lo veía más como un don brujeril que de una experta en vientos y temperaturas.

Ella negó con la cabeza
Hasta el viernes no veremos agua, así que dará tiempo para arreglar la verja.


Tras una pausa donde ella aprovechó para terminar de comer su porción de chocolate del día, Catalina lo miró y le pidió que les contará algo...

"Cuéntanos algo, una de tus historias" dijo acariciando su prominente y suave tripita.

Pablo comenzó a contar algo sobre los gorriones, el tejado y la inminente llegada de la primavera, Catalina permanecía atenta y con una suave y sutil mueca de sonrisa advertía que esa historia no se la contaba a ella.  

"AY !!! Mira... " Puso la mano de Pedro en su tripa y él notó con alegría y asombro que su niño se movía con nervio dentro de ese templo de vida que era en aquellos días su Catalina.

De pronto paró de moverse y Pablo prosiguió su relato descubriendo con mágico asombro que el pequeño volvía a moverse cada vez que escuchaba su voz.  Presionaba hacia fuera uno de sus pies y cuando Pablo lo empujaba hacia dentro mientras hablaba, el pequeño volvía a moverlo hacia fuera en un divertido juego que solo se desarrollaba entre padre e hijo.
Cuando Pablo terminaba de contar su historia, daba un beso y una caricia al vientre de Catalina y el niño paraba de moverse.
Ella nunca había visto nada igual, nadie le había contado ese tipo de vínculo padre ~ Hijo, sin embargo ellos lo vivian con la mayor naturalidad.


Él la miraba un instante, ella le atusaba el pelo, diciéndole sin hablar que ya era hora de un pelado, él le daba un beso en los labios ligeramente agrietados por el frío.

"Sólo tres semanas para que nuestro niño esté con nosotros"  Dijo sonriente 

"Será lo más nuestro que tengamos, lo más tuyo y lo más mío. Ya no habrá cosa más importante en nuestro mundo"

Volvieron a darse un volátil beso.


Y entraron a casa ya con las sombras de la noche temprana al cobijo de su hogar  y al calor de la lumbre...





viernes, 8 de enero de 2016

Apocalipsis







Todo se apagó. De golpe, sin avisar.  Fue como un apagón que no llegó a restablecerse nunca.  El desconcierto y el descontrol se apoderaron de todo el mundo pero no fue hasta que aquel constipado generalizado cuando comenzó a  menguar el número de supervivientes. 

Snow decidió alejarse de su ciudad cuando fue la última con vida en su bloque de pisos, tenía la idea de que lejos la situación fuera otra, sin embargo al recorrer la autopista nacional descubrió que era la única en la carretera.  Donde ir, que encontraría en otros lugares.  Tuvo que cambiar tres veces de vehículo tras chocarse  con una valla publicitaria, una furgoneta y el quita miedo  de uno de los trayectos más complicados.  No le pareció ninguna locura ya que era la primera vez que se ponía al volante. Cuando llegó a su destino el sol ya se había perdido en el horizonte tras los pisos de la ciudad. 

Las calles solitarias,  el silencio tan extraño de la ciudad vacía, algunos perros formando jauría recorrían las calles buscando algo con que alimentarse. 
Pensó por un momento que él tampoco estaría en casa, posiblemente había escapado de su ámbito cotidiano en busca de un refugio mejor... y en cierta forma temía subir las escaleras y encontrarle en casa abatido por esa gripe mortal. 
Subió  sin prisas, temerosa por la incertidumbre de lo que encontraría. Sin embargo al llegar a esa última planta  la luz del piso  alumbraba las escaleras, al llegar al último tramo pudo ver que la puerta estaba abierta. Paró un instante ante ella recobrando el aliento. Su corazón latía fuerte, el miedo se apoderó de ella, pero había recorrido cientos de kilómetros y tan sólo quedaban un par de pasos.  De su boca salió el nombre del hombre con el que creía ser capaz de soportar aquella sin razón, aquel apocalipsis  que no se vio venir, que nadie anunció y que no se sabía cuanto duraría...
El silencio, la ausencia de sonidos tras el umbral de la puerta hizo temer sus peores pensamientos.  Dudó varios minutos hasta que decidió entrar y refugiarse de la noche, dormir, buscar algo que comer y al día siguiente pensaría lo que hacer.

Hora y media después la puerta se abrió, un perro entró nervioso y ladró sin control al verla sentada en un butacón comiendo un sándwiches de queso y pavo frío. Tras el perro entró él, que soltó tras la puerta una mochila grande. Dio un resoplido como aliviado de haber llegado a casa y tras un segundo actuando como si no pasara nada, se quedó parado en mitad del salón.  "Eres tú?" "Snow..."



Había perdido la noción del tiempo. Snow sabía que solo con él sobreviviría en aquel mundo donde un puñado de supervivientes intentaban vivir en unas ciudades donde todo estaba al alcance  de la mano. Nadie se quedaba. A lo largo del tiempo varios grupos de personas pasaron por allí,  se quedaban en los pisos vecinos, recobraban fuerzas y en un par de días marchaban.  Snow, Al y su perro Nube decidieron quedarse,  tenían toda una ciudad para ellos, cientos de supermercados, almacenes, centros comerciales y todo lo que necesitaban para vivir día a día. 
Al salía a explorar cada día, a veces le acompañaba Snow, otras acompañado de Nube.  Ella solía esperarle pacientemente, con cierta inquietud, sólo cuando lo veía cruzar la esquina lograba tranquilizarse. Él cerraba la puerta del bloque, subía las escaleras y contaba si había visto algo nuevo, siempre contaba algo aunque fuese inventado, le gustaba ver la cara iluminada de Snow ante la historia de Al. Y ella aunque sabía que era inventado le gustaba ver las expresiones aventureras que utilizaba para describir cualquier hallazgo.
A veces se quedaban en silencio a la luz de las velas que alumbraban su hogar.  El porqué habían sobrevivido y el porqué se sentían tan bien en aquel loco final de la raza humana era algo que le desconcertaba a ambos, pero ninguno de los dos confesaban aquel delirante pensamiento.

Algunas mañanas, cuando el sol calienta de forma amable, bajaban a los parques centrales. Él se tumbaba en el césped crecido, la naturaleza devoraba los edificios y ya la ciudad era un enredo de hierro y verde. Se quedaba largo rato tumbado como si nada le preocupara, Snow lo observaba, Al le pedía que se tumbara junto a él y hablaban de nuevas ideas para salir adelante en su apocalipsis.  Tumbados a medio día eran dos corazones al sol. Dos que encontraron el camino cuando el mundo acabó.  Vivían día a día y solucionaban los problemas cuando llegaban, no había mas preocupación de que los alimentos de los almacenes no terminaran, y mantenerse a salvo de los animales salvajes que comenzaban a llegar adaptándose al nuevo medio.   

Ella tenía plantas en el balcón, él fumaba solo por la noche, después de cenar y antes de ir a dormir. Snow siempre tenía frío,  se iba a dormir temprano para estar bajo el espectacular nórdico que Al trajo un día de unos grandes y caros almacenes. Él no tardaba en entrar en la cama junto a ella, que se acercaba para sentir el calor de su cuerpo, y dormían,  pero a veces se quedaban despiertos imaginado historias absurdas imposibles y kafkianas, imaginaban una vida sin apocalipsis, donde cada uno hubiera seguido su camino inmerso en problemas cotidianos. 
Una de esas noches, tras meses  y estaciones viviendo juntos, en una de esas frías noches en la madrugada, mientras  hablaban en susurros, él la besó así sin más. No fue un acto pensado simplemente fue un acto involuntario, algo que en ese momento deseó.  Sin darse cuenta hablaban en común, se habían convertido en una pequeña familia de dos. Aquél beso lo llevaba guardado en su boca mucho tiempo y aquella noche se escapó entre los susurros y las muecas de sonrisa. Ella no dijo nada, se levantó, escribió algo en un papelito y lo metió en el tarro de los recuerdos. 
Al  tenía ese inmenso tarro de cristal desde antes de que ella apareciera, sólo había un papelito, pero a la mañana siguiente de que Snow llegara Al metió otro.  Cada vez que vivían algo bonito, cada vez que les pasaba algo bueno para recordar, lo escribían en un papelito, lo doblaban y lo metían. Habían pensado que su año comenzaría el día que ella llegó a casa, ese sería su año nuevo y entonces en ves de comer uvas y escuchar campanadas  abrirían el tarro donde leerían todos esos poquitos de felicidad de todo el año.
"Qué has escrito"  Preguntó con ironía.
"Ya sabes que no lo puedo decir"  Ella sonrió cómplice
"Si te doy otro beso no vuelvas a escribirlo, tendríamos un papelito repetido"   Insinuó dejando claro que sabía lo que había escrito.

Rieron  y hablaron un rato más hasta que el sueño les venció...



martes, 5 de enero de 2016

Tu dulzura




No era una noche cualquiera. Su primer 5 de Enero juntos en su pequeño hogar de madera, ronroneo y cocina encendida.
Abrieron sus regalos rompiendo el papel a lo loco como si aún perdurara dentro de ellos los niños que nunca olvidaron ser. 
Ambos sonrieron al  descubrir lo que escondían esos paquetes que habían estado tan  celosamente guardados durante semanas.

Él la trataba con cuidado, como si fuera una  urna de cristal que se fuera a quebrar en cualquier instante, la miraba descubriendo sus ojos abiertos ante el dulce momento.   Ella reía y disfrutaba del regalo que habían dejado para ella sus majestades los reyes de oriente. Ensimisma de tanta ilusión fue sorprendida por  un sonoro beso en su mejilla. Descubrió entonces la mirada de su compañero llena de sorpresa y brillo de sentirse especial.

Ella le miraba y descubría en él lo más dulce de su vida; su onza de chocolate a mitad de la tarde, su caramelo en las mañanas de oficina, su  brownie de chocolate en las  meriendas de sábado.  Ella le escribía versos y él los guardaba como pequeños tesoros susurrados.
Había cosas que escribía en cartas para no decirlas, cosas que estaban en su alma y se quedaban en él, en todas acababa diciendo cuanto lo quería, cosas que escribía en la cama, cosas que escribía en el aire, cosas que sentía como suya, cosas que compartían secretamente, cosas que escribían, soñaron y crearon juntos.

Se iban a dormir temprano, besos a media noche, desayunos compartidos con café amargo y pastel recién horneado. Compartían espacio y tiempo; él había descubierto flores detrás de su garganta, donde habitualmente ella guarda sus secretos,esos que aún quedan por decir,  ella había aprendido con él a ver cada instante  con  una mirada única, entendiendo que cada momento era irrepetible y juntos descubrieron lo asombroso que era conocer a alguien que quisiera escuchar todo lo que pasa por tu mente.

Él la miraba y descubría en ella  lo más dulce de su vida...








viernes, 1 de enero de 2016

Pequeñeces



Nunca fue bonita. Nunca fue el alma de las fiestas ni las miradas iban destinadas a ella.   Siempre estuvo camuflada entre la multitud, ni brillaba y deslumbraba...

Nunca hubo palabras bonitas para ella, ni momentos que la hicieran sentir única y especial.
Nunca supo sacar el mundo interior que guardaba dentro de ella, nunca supo expresar  su sentir y prefería estar oculta entre la apariencia de lo vulgar y lo simple,  era tan tímida que elegía los silencios y las indecisiones...

Ella era tan especial que cuando lo vio a él supo que ese hombre era distinto, sus miradas se cruzaron por azar y fue como si un rallo le recorriera todo el cuerpo.
Él la miraba y sintió como desglosaba cada uno de sus misterios, cada uno de sus secretos, la descubría entre la multitud, ella parecía pequeña e insignificante entre tanta exaltación de consumismos y tener es valer... 
Ay pequeñita yo te haré entender lo que vales y lo especial que eres. 

Ella nunca creyó ser como los demás, y aún en los grandes cotillones con el mejor de los vestidos, durante un instante cerraba los ojos  e inexplicablemente volvía a sentirse como la niña de 8 años que miraba desde las escaleras como los amigos de sus padres celebraban fiestas. 

Él se acercó y tras presentarse la invitó a una cerveza.  "No creo que haya cerveza" Ambos miraron la  pequeña barra preparada para la ocasión, repletas de cava y cocteles exclusivo. “Lo sé".  Ella hizo una mueca de sorpresa y él le sonrió.  Sabía que estaba allí por motivos sociales como él y que nada tenía que ver con aquél mundo dorado y de cansino lujo.  "estoy agotado de formalidades y esta corbata me está martirizando.  Permíteme que insista y que tomemos esa cerveza en el primer bar que encontremos"  Ella sonrió sin fiarse demasiado en  aquél tipo graciosillo.
Aceptó. Nunca tuvo demasiado claro porqué, ella no era así. Sin embargo se tomó esa cerveza. 
Ahora cuando lo mira después de tres años de aquella noche... recuerda la suerte que tuvo, porque en aquellos días estaba tan ocupada buscando sus fragmentos rotos que no se dio cuenta cuando él la abrazó con sus alas...