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Entra y siéntete en casa...

viernes, 8 de enero de 2016

Apocalipsis







Todo se apagó. De golpe, sin avisar.  Fue como un apagón que no llegó a restablecerse nunca.  El desconcierto y el descontrol se apoderaron de todo el mundo pero no fue hasta que aquel constipado generalizado cuando comenzó a  menguar el número de supervivientes. 

Snow decidió alejarse de su ciudad cuando fue la última con vida en su bloque de pisos, tenía la idea de que lejos la situación fuera otra, sin embargo al recorrer la autopista nacional descubrió que era la única en la carretera.  Donde ir, que encontraría en otros lugares.  Tuvo que cambiar tres veces de vehículo tras chocarse  con una valla publicitaria, una furgoneta y el quita miedo  de uno de los trayectos más complicados.  No le pareció ninguna locura ya que era la primera vez que se ponía al volante. Cuando llegó a su destino el sol ya se había perdido en el horizonte tras los pisos de la ciudad. 

Las calles solitarias,  el silencio tan extraño de la ciudad vacía, algunos perros formando jauría recorrían las calles buscando algo con que alimentarse. 
Pensó por un momento que él tampoco estaría en casa, posiblemente había escapado de su ámbito cotidiano en busca de un refugio mejor... y en cierta forma temía subir las escaleras y encontrarle en casa abatido por esa gripe mortal. 
Subió  sin prisas, temerosa por la incertidumbre de lo que encontraría. Sin embargo al llegar a esa última planta  la luz del piso  alumbraba las escaleras, al llegar al último tramo pudo ver que la puerta estaba abierta. Paró un instante ante ella recobrando el aliento. Su corazón latía fuerte, el miedo se apoderó de ella, pero había recorrido cientos de kilómetros y tan sólo quedaban un par de pasos.  De su boca salió el nombre del hombre con el que creía ser capaz de soportar aquella sin razón, aquel apocalipsis  que no se vio venir, que nadie anunció y que no se sabía cuanto duraría...
El silencio, la ausencia de sonidos tras el umbral de la puerta hizo temer sus peores pensamientos.  Dudó varios minutos hasta que decidió entrar y refugiarse de la noche, dormir, buscar algo que comer y al día siguiente pensaría lo que hacer.

Hora y media después la puerta se abrió, un perro entró nervioso y ladró sin control al verla sentada en un butacón comiendo un sándwiches de queso y pavo frío. Tras el perro entró él, que soltó tras la puerta una mochila grande. Dio un resoplido como aliviado de haber llegado a casa y tras un segundo actuando como si no pasara nada, se quedó parado en mitad del salón.  "Eres tú?" "Snow..."



Había perdido la noción del tiempo. Snow sabía que solo con él sobreviviría en aquel mundo donde un puñado de supervivientes intentaban vivir en unas ciudades donde todo estaba al alcance  de la mano. Nadie se quedaba. A lo largo del tiempo varios grupos de personas pasaron por allí,  se quedaban en los pisos vecinos, recobraban fuerzas y en un par de días marchaban.  Snow, Al y su perro Nube decidieron quedarse,  tenían toda una ciudad para ellos, cientos de supermercados, almacenes, centros comerciales y todo lo que necesitaban para vivir día a día. 
Al salía a explorar cada día, a veces le acompañaba Snow, otras acompañado de Nube.  Ella solía esperarle pacientemente, con cierta inquietud, sólo cuando lo veía cruzar la esquina lograba tranquilizarse. Él cerraba la puerta del bloque, subía las escaleras y contaba si había visto algo nuevo, siempre contaba algo aunque fuese inventado, le gustaba ver la cara iluminada de Snow ante la historia de Al. Y ella aunque sabía que era inventado le gustaba ver las expresiones aventureras que utilizaba para describir cualquier hallazgo.
A veces se quedaban en silencio a la luz de las velas que alumbraban su hogar.  El porqué habían sobrevivido y el porqué se sentían tan bien en aquel loco final de la raza humana era algo que le desconcertaba a ambos, pero ninguno de los dos confesaban aquel delirante pensamiento.

Algunas mañanas, cuando el sol calienta de forma amable, bajaban a los parques centrales. Él se tumbaba en el césped crecido, la naturaleza devoraba los edificios y ya la ciudad era un enredo de hierro y verde. Se quedaba largo rato tumbado como si nada le preocupara, Snow lo observaba, Al le pedía que se tumbara junto a él y hablaban de nuevas ideas para salir adelante en su apocalipsis.  Tumbados a medio día eran dos corazones al sol. Dos que encontraron el camino cuando el mundo acabó.  Vivían día a día y solucionaban los problemas cuando llegaban, no había mas preocupación de que los alimentos de los almacenes no terminaran, y mantenerse a salvo de los animales salvajes que comenzaban a llegar adaptándose al nuevo medio.   

Ella tenía plantas en el balcón, él fumaba solo por la noche, después de cenar y antes de ir a dormir. Snow siempre tenía frío,  se iba a dormir temprano para estar bajo el espectacular nórdico que Al trajo un día de unos grandes y caros almacenes. Él no tardaba en entrar en la cama junto a ella, que se acercaba para sentir el calor de su cuerpo, y dormían,  pero a veces se quedaban despiertos imaginado historias absurdas imposibles y kafkianas, imaginaban una vida sin apocalipsis, donde cada uno hubiera seguido su camino inmerso en problemas cotidianos. 
Una de esas noches, tras meses  y estaciones viviendo juntos, en una de esas frías noches en la madrugada, mientras  hablaban en susurros, él la besó así sin más. No fue un acto pensado simplemente fue un acto involuntario, algo que en ese momento deseó.  Sin darse cuenta hablaban en común, se habían convertido en una pequeña familia de dos. Aquél beso lo llevaba guardado en su boca mucho tiempo y aquella noche se escapó entre los susurros y las muecas de sonrisa. Ella no dijo nada, se levantó, escribió algo en un papelito y lo metió en el tarro de los recuerdos. 
Al  tenía ese inmenso tarro de cristal desde antes de que ella apareciera, sólo había un papelito, pero a la mañana siguiente de que Snow llegara Al metió otro.  Cada vez que vivían algo bonito, cada vez que les pasaba algo bueno para recordar, lo escribían en un papelito, lo doblaban y lo metían. Habían pensado que su año comenzaría el día que ella llegó a casa, ese sería su año nuevo y entonces en ves de comer uvas y escuchar campanadas  abrirían el tarro donde leerían todos esos poquitos de felicidad de todo el año.
"Qué has escrito"  Preguntó con ironía.
"Ya sabes que no lo puedo decir"  Ella sonrió cómplice
"Si te doy otro beso no vuelvas a escribirlo, tendríamos un papelito repetido"   Insinuó dejando claro que sabía lo que había escrito.

Rieron  y hablaron un rato más hasta que el sueño les venció...



6 comentarios:

  1. aprecciate your blog kisses

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  2. Muy bueno, que tengas un lindo fin de semana
    Besos

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  3. Un final posible para este mundo tan loco, un abrazo Nieves!

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  4. Tengo un relato de este tipo, no lo he publicado nunca porque se me fue de las manos y se alargo innumerables páginas.
    Me ha encantado, por la temática, seguramente es uno devlis que más.
    Un abrazo.

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  5. Muchísimas gracias amigos/as !!!

    Rubén deberías animarte a publicarlos en dos tres parte si es tan largo, me encantaría leerlo.

    Mil besos!!!

    :D

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Hola chic@s!!!!
Gracias por visitarme, por estar y compartir tus pensamientos....