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Entra y siéntete en casa...

lunes, 16 de julio de 2018

Corazón adentro




Cuando llegué,  mi primer contacto vecinal fue con aquella octogenaria mujer con la que mantuve tímidas conversaciones y terminamos agasajándonos con pequeñas delicias gastronómicas.  Imagino que ella veía en mis ojos lo mismo que veo  hoy en mi nueva vecina. La mirada de quien llega para quedarse.

Hoy soy yo la octogenaria. Mi joven vecina tiene toda la mañana la radio encendida y habla  por teléfono con los amigos que dejó en algún lugar.  Veo en sus ojos el amor y recuerdo el mio cincuenta años atrás, cuando mi oído era tan joven que lo escuchaba llegar, subir las escaleras del bloque y me ponía nerviosa cuando lo escuchaba abrir la puerta de casa.

La vida ha pasado rápido, un pestañeo, pero  que el tiempo va a otra velocidad cuando vives con armonía y amor siempre lo supe, fue de las primeras cosas que descubrí a su lado.  A veces quiero volver atrás, a aquellos años de juventud en los que todo se saboreaba con intensidad y un puñado de locura, cuando sentía que todo era nuevo a su lado y me abría paso a un mundo nuevo que para mí era como el Eden  o como las grandes llanuras del oeste cuando aún estaban salvajes y podías elegir cualquier camino para hacerlo tuyo. 

El tiempo no retrocede, se gasta en presentes. Y un día como hoy, descubres que eres la vecina octogenaria con una vida gastada.
 Ponía las galletas en un plato cuando recordé que él me aficionó a las meriendas. Dos vasos de leche fría con galletas en la mesa de la salita, documentales de ciencia en el televisor.  Le miro.  Sigo viendo al  muchacho que llevaba dentro. A ese muchacho que veía cuando le conocí cincuenta años atrás.   El amor tiene esas cosas maravillosas, te hace ver lo que se es corazón adentro.



domingo, 1 de julio de 2018

Vecinos X




Alain había sido sincero, me contó todos sus miedos y todos esos deseos que estuvieron en su cabeza todo este tiempo en el  que la desventura nos había separado.

Yo a pesar de toda esa rabia que acumulé, dentro de mí, sabía que nunca lo dejé de amar.  Esa certeza me la regaló Alain. Ningún hombre me había dado tanto sin tener la intención de darme mucho. Él estaba  aquí, en mi cocina, me había besado y yo le acaricié como se acaricia la tapa de un libro que te gusta mucho.  

Alain me miró, con esa mirada de hombre que desea. Me volvió a besar, me cogió a peso y me sentó en la mesa de la cocina.  Dejé caer los zapatos al suelo mientras él se encajaba entre mis piernas.  Pasó sus dedos por mi silueta, por mis pechos, mi vientre y mis piernas, me pellizcó la cintura  con sus manos bajo mi vestido. Le abrí la camisa,  llevaba un camiseta interior, recordé lo mucho que me gustaba verle con ellas, le bajé la cremallera del pantalón  al mismo tiempo que sentí que mis bragas recorrían mis piernas.  Él me dijo que me amaba. Hicimos el amor en la cocina, aunque terminamos en la cama de donde no salimos hasta el día después.  Nos levantó el hambre.

Tenía miedo, no lo puedo negar. Es ese miedo que se tiene cuando entregas tu alma y tu corazón a otra persona. No puedes evitar sentirte vulnerable. Esa persona tiene la clave de todo tus sentimientos, esos que no enseñas a nadie.  Alain era el único hombre al que había permitido verme triste. Él también lloraba, no necesitaba ver lágrimas en sus ojos para saber que lloraba. Los hombres suelen ser así. 

Me dijo que debía salir, su jefe llevaba algunas horas llamándole.  Dio un salto para vestirse pero no daba con sus calzoncillos, llegaba tarde, recordé esos calzoncillos que había guardado en un cajón desde mucho antes de ser lo que eramos. Los cogí y  se los dí. Alain abrió los ojos con sorpresa, sonrió sutilmente y yo me ruboricé. Lo miré con aquellos calzoncillos... el culpable de toda nuestra historia.  Entonces le pregunté si volvería.  Me dijo que si yo lo deseaba volvería.   Quizás no debí ser tan clara y directa, quizás debí darle a él la opción de elegir libremente, pero le dije que quería que volviera después del trabajo, que trajera todas sus cosas... y que se quedara en casa. Conmigo.

Él -pincha aqui-