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Entra y siéntete en casa...

viernes, 2 de diciembre de 2016

El anillo



Yo nunca tuve anillos de oro, ni anillos con mensaje y carga emocional.
- Dijo con expresión perdida más que confirmando una evidencia-  a la vez daba vueltas al anillo en su dedo índice.

Estuvimos hablando por mensajes instantáneos durante todo una tarde y bien entrada la noche. Hablamos de tonterías, de cosas cotidianas, de lo que estábamos metidos en los últimos tiempos, de lo que nos preocupaba y nos entusiasmaba.  Se despidió con un hasta mañana y un par de emoticonos de florecitas.  Si...  también tuve que esquivar ciertos comentarios subidos de tono, de esos que te sonrojan pero que te gustan aún rechazándolos.

Esa despedida me sonó sencilla, graciosa,  después de medio día de cháchara un hasta mañana pasó desapercibido la verdad.
Al día siguiente llamaron a media tarde  al timbre de casa resultando que era él el que estaba esperando.  Me sorprendió, o no, según se mire, quizás para muchos sería lo más lógico.  Que un amigo te visite un día cualquiera es uno de esos regalos y sorpresa que gustan tener.

Después de un rato, en mitad de la merienda que preparé me sacó un anillo, no uno cualquiera.  Me explicó que era el anillo de boda de su padre, que lo había tenido él muchos años pero que quería que lo tuviera yo.  Sabía que yo no lo amaba, al menos como él soñaba, aún así,  dijo que ninguna mujer debía tener ese anillo, que ese anillo era mi anillo desde hacía muchos años, que me  pertenecía por corazón. Aunque no coincidíamos en ese amor sí lo haciamos en  esencia  de vida, vida complicada, vida con turbulencias...     
Si, claro.  Le dije que debía esperar, que debía dárselo a una esposa, madre de sus hijos...  Era un anillo de boda, de promesas y yo no era esa mujer.  

Él me miró desconcertado en primer momento, después volvió a mirar el anillo.  

Mientras,  yo me reafirmaba en silencio oculto que ni quería ser su compañera, ni la mujer que engendrara sus hijos.  Respetaba su decisión pero lo correcto era rechazar tal presente.

Entonces él volvió a decir...  mira, no hay mujer en mi vida, nadie que me dé más vida que tú. Eres la única mujer que se para conmigo a tomar un café y me das fuerza para seguir en este mundo.  Sé que no me quieres,  que por no querer no quieres ni hacer el amor conmigo. Puede que el futuro me traiga una mujer, si, puede que un día me veas con alguna que diga ser mi compañera de vida pero... verás,  estoy cansado de ver este anillo en su cajita desde hace 18 años, son demasiados años sabiendo que ese anillo  es tu anillo.  Comprendo que lo rechaces,  puede que creas que implica otras cosas más intensas pero no...  me conoces y sabes que no.  Si no lo quieres lo entiendo. Lo guardaré en su cajón y allí quedará para siempre, para siempre  - repitió-  Que tú lo rechaces  no implica que se lo dé a alguna otra mujer que no será mas que una mujer que acompañe mi soledad, será la que llene mis días, no la que conoce quien soy yo.

Lo acepté.   Le di un beso en la boca.  Él es al único amigo que le doy besos en la boca. Siempre he sabido que la vida es mas sencilla de lo que pensamos, que el alma y los corazones de las personas necesitan hacer cosas así, y que rechazar lo que nace del corazón es un acto tiránico.  Así  que le dije lo más bonito que pude decirle sabiendo lo importante de ese objeto, le dije que siempre podría pedírmelo  y  lo acepté.

Yo nunca tuve anillos de oro, ni anillos con mensaje y carga emocional.






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miércoles, 30 de noviembre de 2016

Vuelta a casa





Él había salido unos días de viaje.  Ella amablemente se había encargado de pasar por su casa para  que la pequeña felina no se sintiera sola, aunque ya era una gata adolescente e independiente.  
Hacía  meses, escudriñando en la buhardilla encontró unas cajas grandes y con aspecto de olvidadas, cuando ella le preguntó el hombre respondió que eran " Las cosas de navidad, el árbol y los adornos", pero tres o cuatro años era el tiempo que  no salían de aquel oscuro rincón.

Lo había estado pensando, el  día en el que su amigo volvía a casa lo organizó todo para tener tiempo libre y ese espíritu navideño de sorprender y hacer cosas bonitas.
Decidió subir a la buhardilla en busca de las cajas olvidadas y dormidas en el tiempo.  Le costó bastante... eran pesadas.

La gata miró hipnotizada las pequeñas luces blancas del  árbol verde abeto. Cogía las bolas y las hacía rodar jugando y la mujer la dejaba...  
Puso algo de música y  escuchándola fue más ameno colocar los adornos y espumillones.  Algunas horas después tenía todas las cajas con las cosas sobrantes en el lugar donde las encontró y el árbol iluminando la oscuridad del salón.  Las luces eran blancas y daban calidez a un hogar silencioso.

Miró el reloj.  Aún era  media tarde y hasta bien entrada la noche no estaba prevista su vuelta. Así que sacó todas las cosas que trajo  con ella y las colocó alineadas en la encimera de la cocina.  Tenía un margen de tres horas para hacer esas deliciosas galletas.

Tardó en hacerse entender con el horno pero  cuando se vino a dar cuenta sacaba la bandeja con galletas navideñas horneadas.  Las dejó enfriar mientras terminaba de limpiar todo los rastros de harina y cremas.  Se tomó una infición mientras esperaba un rato para meterlas en una caja de lata y colocarlas estratégicamente para cuando él entrara fuera lo tercero en descubrir.  Porque lo primero sería su amiga felina y el árbol, no sabía con certeza el orden exacto, pero después seguro que vería las galletas...
Al final del día ella marchó a su casa después de advertir a la gata que se portara bien dándole un besito y confirmar que todo estaba en orden.


Algún rato después él entró en su silencioso hogar,  algo le hizo ponerse en alerta porque un segundo antes de encender la luz de la entrada notó una iluminación desconocida, sutil y lejana, al final del pasillo,  su gatita tampoco  estaba tras la puerta como siempre, dándole la bienvenida al escucharle.  Dejó la maleta a un lado y la llamó.  Fue allí de donde provenía las lucecitas, su casa olía a hogar, las luces de un precioso árbol daba calidez  a ese espacio donde pasaba ratos largos en casa, viendo televisión o con el pc cotilleando las cosas de la red. 
Se quedó pensativo, emocionado ante la sorpresa.  Se acercó a la mesa y cogió una de las galletas.  Le dio un bocado saboreando dulces hechos con amor y alegría.   No podía haber sido otra persona claro.  Pensó mientras le daba un nuevo bocado a la galleta y miraba a su gata ronronear a los pies de ese  árbol de navidad  que  por fin lucía en su salón tras algunos años dormidos.
"Bienvenido a casa"  era lo que retunbaba dentro de él aquella noche al llegar a casa.


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