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viernes, 20 de octubre de 2017

ImPronTa




Jaime había unido para siempre a aquellas dos mujeres, Claudia y Sofía.

Hace 23 años Jaime, el hijo de Sofía, nació con una semana de adelanto.  Aquél mismo día Claudia perdió a su hijo en el parto.  Las dos compartieron habitación.
Aquella noche Sofía estaba agotada y Claudia preguntó a su compañera de habitación si podía darle el pecho al niño. Sofía dolorida aceptó.

23 años después de aquella noche, Jaime llegó a casa con la cara desencajada y compungido.  Saludó a su madre, se dio una ducha rápida y volvió a salir para visitar a su vecina. 

Sofía lo observaba sentada en una de las sillas del jardín.  El vínculo entre su hijo y Claudia siempre fue especial.  Le resultaba peculiar que  en todos esos momentos complicados fuera a Claudia a quien acudía.  Escuchaba sus voces, murmurando, alguna risa tímida.  

Sofía recordaba en estos momentos que quizás aquella noche, cuando Claudia amamantó  a su niño le transmitió una  impronta, dejando en su Jaime un rasgo común y confuso. Algo que solo ellos podían entender.  En cierto modo, ella era su madre para lo bueno y para lo malo pero Claudia también estaba, había estado siempre.

Jaime tenía un apego metafísico con ella, conseguía hacerle sentir protegido, feliz, tranquilo y seguro.  Salió de casa de Claudia con la sonrisa puesta, volvió a casa,  fue a por su cartera y el móvil.  Se sentó un rato con Sofía tomando la merienda antes de salir con sus dos mejores amigos.  Le dio un beso y le dijo " Te quiero mamá"  " Y yo a ti tesoro".   


Sofía se quedó pensando que sería lo que le inquietaba a su niño.  Pero sabía que fuera lo que fuera Claudia se lo contaría aquella noche después de unas risas y algunos tequillas.



miércoles, 18 de octubre de 2017

La suerte



La tarde era templada, él había ido a recogerla a casa y decidieron dar una vuelta por el parque para terminar sentados en la terraza del bar.   Ella había elegido sol, siempre tenía frío en esta época del año.  Él había ido por los cafés.  Traía  algo parecido a las galletas de la suerte chinas que colocó en mitad de la mesa.  Ella suspiró - era de mucho suspirar-, puso su mano apoyada en la mejilla, con esa sonrisa apretada para que no se le escaparan sus pequeños miedos de mujer dulce.  Hacia algunas semanas que no se veían, ella tenía la sensación de que habían pasado meses.  De pronto aquel vínculo inquebrantable se había alejado  sin más.  La vida suele ser así, como olas que traen, como mareas que quitan.  Ella miró los tres sobres de azúcar, junto a las tres galletas de papel.   Él le  confesó un par de ideas, ella lo escuchaba mientras  repartía el azúcar, "El mío, el tuyo y el nuestro".

* Solo quiero que me dejes compartir ratitos, yo ya no sé vivir sin tus cosas.   Lo contó como el que declara un gran secreto y ella recordó cuando lo quería, así, sin más, sin explicación, que es como se quiere cuando se quiere de veras, cuando él tenía  todas las respuestas, cuando no había más ojos, ni más mundo porque él era el mundo.

Entre el alma y el cuerpo hay un sin fin de ventanas, por las que pasan las emociones, ventanas que un día tenían vistas a un patio compartido  en el que  compartían todo y mas. Ahora la conversación fluía con la cordialidad de los que añoran las tardes de verano a orillas de un lago.

*Bueno, elige uno.

Ella miró las galletas de papel como dudando, pero desde el principio tuvo fijación por la de los lunares blancos.

"Somos de quien nos  cuida" Leyó en alto, sus ojos se quedaron mirando las letras mientras que viajó lejos.

Él  eligió la de rayas blancas.

"quien te elija también lo hará cuando seas un desastre"  Sonrió recordando  cuanto caos había resuelto la que se sentaba aquella tarde frente a él.

*Según me ha informado el camarero,  este es para los dos.  Léelo tú.   Él esperó que ella reaccionara, ella se sintió un tanto incómoda por aquello de compartir futuro.

"En el amor pierden los que no se atreven" Ella recordó entonces todos esos momentos, todo el camino andando de la mano pensando en el parasiemprejamás.  Y durante un breve segundo una suave brisa recorrió aquel patio compartido.

El camarero se acercó, y esperó un instante a que le dieran el importe de la merienda.  “¿Todo bien?”  Preguntó con amabilidad.   Ella sonrió y él contestó con un "Perfecto".  El camarero recogió las tazas y preguntó que si querían de recuerdo las galletas de papel.

* Si, si.   Respondió ella con alegría.  Ella era de guardar esos pequeños detalles sin valor para casi todos pero que para ella tenían un valor especial con extra de vida.


El camarero se dirigió a la mesa  que estaba a la espalda de ella. Miró al hombre e hizo un gesto cómplice.  El hombre se levantó  con mirada de póker para continuar el paseo con esa mujer que  se le escapaba.  Estaba dispuesto ha recorrer ciertos atajos. Esos que solo los tramposos saben hacer con tal sutileza. Y recordó esa frase, la suerte no se encuentra, se busca.