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Entra y siéntete en casa...

martes, 23 de mayo de 2017

Bailarina


Que es más bello cariño mío, ¿el amor perdido o el encontrado?
No te rías de mí, amor...  Lo sé, soy rara e ingenua a lo que el amor se refiere y pregunto cosas que parecen sacadas de una canción pop de los ochenta.
Esta duda me abruma, me devora por dentro, ¿encontrar el amor o perderlo? 
Alrededor de mí la gente no deja este anhelo, ¿lo han dejado o lo han encontrado?
Aquella lejana noche quería que me tocaras, que me tocaras las piernas con la misma sutileza que me  hablabas, pero no te dije nada. Eso amor mío, es amor perdido.



Y ahora no dejo de pensar amor mío donde estás, Y pienso si tú,  brillante luz de mis malgastados momentos, ¿lo has perdido o lo has encontrado?
Imagino que no lo sabré...
Ya no recuerdo ni tu nombre, mi amor,  no tengo la respuesta, pero así es como me gusta imaginar esta respuesta.
Al final, mi amor, no tenemos elección,  debemos encontrar... y siempre lo encontramos  amor. 
En ese momento soy cual bailarina, suave como pluma de pájaro que planea hacia ese delicioso amor dejando atrás los delirios y se entrega con sus alas desplegadas al goce del nuevo amor encontrado.






sábado, 20 de mayo de 2017

De ensueño




Hoy se ha tumbado a la hora de la siesta. Miraba televisión sin mucho interés con el volumen casi inaudible.   Se dejaba llevar por una idea, un pensamiento, un recuerdo de esos de ensueño...

Pensaba en un campo de olivos, ella era de tierras de olivos y se pensaba bajo la sombra amable de uno de ellos.  Tumbada con los pies descalzos y el vestido subido hasta los muslos. Pensaba que estaba con él... con ningún otro, entre todos los que podía  elegir ella le pensaba a él.  Solo a él. Pensaba que estaba allí con ella, a la sombra de unos de esos hermosos olivos del sur.  Recostado en su  vientre, en silencio, sintiendo alguna esporádica caricia en sus suaves muslos.  Ella acariciaba la cabeza del hombre que compartía el gozo del momento.   No había charla ni conversación solo esa agradable sensación de estar  bajo el abrigo de la naturaleza, el aroma a hierba y tierra fertil, a vida, sintiendo el agradable calor de esa tarde templada, sentir la suavidad de sus dedos acariciando sus muslos y sentir su mirada cuando sube  deslizándose por el cuerpo de ella para terminar con esa sonrisa boba, esa sonrisa de novedad y ansias retenidas, ver el brillo delator de los ojos.  El brillo que todos desciframos y todos pretendemos ocultar.  Ese que delata el deseo y las ganas de  explorarlo todo, saborear el néctar a poquitos, de morder la manzana  como si fuera la primera.  Si...  porque a él lo pensaba tan deliciosamente, tan desatada por momentos que hacía olvidar a todos los demás. Lo pensaba  mirándola... Y  solo ese gesto la hacía estremecer.








miércoles, 17 de mayo de 2017

Instinto natural






Creedme que le llevó un buen rato reconstruir los últimos acontecimientos hasta llegar a esta mañana de miércoles.
No era que hubiera perdido la memoria o la voluntad de sus actos, sino que todo había sido tan inesperado que necesitaba ese momento de pensar, asentar todos sus pensamientos y poner hueco en su mundo para todo aquello tan nuevo, tan loco y excitante.

La ciudad estaba en ferias, pocos eran los que trabajaban aquella jornada, y los que lo hacían estaban con ganas de volver a casa pronto. Ella se despertó temprano, la calle que observaba aún estaba solitaria. Lo miró un instante mientras se levantaba de la cama y se colocaba una de las camisas de su recién estrenado amante. Optó por no ponerse nada mas. Solo la camisa.

Él aún dormía y eso era anormal en él porque solía dormir de cuatro a cinco horas. Eso sí, las siestas no las perdonaba. Pero claro, aquella noche toledana bien valía dormir la mañana. Cuando abrió los ojos su joven amante estaba junto a la ventana. La miró.  Sabía que no llevaba nada debajo  de su camisa. Se le intuía todo. Pudo ver parte de su pecho por la manga holgada al levantar  el brazo.  Volvió a tener ganas de hacerlo.

Ella pensó en los planes del día.  Pensó en como aquel hombre llegó a su vida de una forma tonta y como de una forma natural e instintiva fue quedándose  en ella, de como  sin darse cuenta fue acostumbrándose a  sus cosas, de como escuchaba sus palabras y leía sus letras y como le gustaba jugar a decirse todo lo que pensaban hacerse uno al otro.  Pensó en todos aquellos días que compartieron tiempos muertos y los convirtieron en deliciosos momentos  de complicidad y risas.   Porque ellos eran de reír.  Siempre lo habían sido cada uno en su pequeño mundo doméstico, así que juntos la tontería y los juegos tenían garantía.  

Aquél encuentro fortuito y casual no pasaría en vano, aquel tiempo era su tiempo, coincidían en pensamiento y riesgo. Sin ninguna prisa pero con ese poquito de miedo que daba tanta locura. 

Entonces él la llamó de esa forma  que solo él la llama.  Entonces ella volvió a la cama y se recostó toda sobre él.  "nos estamos enamorando un poquito".  Ella sabía que la mejor opción era que no fuera así, pero cuando la química y el instinto se desatan debes dejarlo fluir, es la mejor opción. Ella que no era demasiado enamoradiza, ni demasiado loca, ni demasiado dada a las relaciones esporádicas sabía de lo importante y mágico  que es vivir cuando se dan estas circunstancias.  Le gustaba como le decía todas esas cosas, cosas que son susurros como melodías en los jardines más alejados del Edén.  ”No te pares... “ Susurró ella con voz con cierta somnolencia mañanera.   “no olvides que estoy cerca de la tercera edad  y necesito un respiro".  
¿De qué tercera edad hablaba? Apenas se había dado cuenta de eso, era más joven que cualquier chiflado de cuarenta, que resultaban ser unos muermos. Su corazón era joven, más joven que el de ella, y tenía mucha locura en su alma, a ratos aún más que en la de su ricura de muchacha.  

Cuando se dieron cuentan siguieron acabando esa botella de placer y extasis que durante tanto tiempo solo fue  deseos y fantasías de seres libres, con poco miedo y mucha locura.



lunes, 15 de mayo de 2017

La Amistad Y el Amor



Me gusta la amistad. Creo en ella.  Me revelo ante los que afirman su inexistencia, en los que la culpan de ser el mural de los intereses propios y ajenos.  Me revelo ante  esa gente que la mancillan infravalorando su poder y su mágica existencia.  Me revelo contra los que no creen en ella porque  yo creo en ella ciegamente. Puedo decir después de media vida buscado mi propio dios, que mi religión es La AMISTAD Y EL AMOR.  Mis amigos son mis dioses y su amor, en todo su amplio abanico de posibilidades es mi templo, mi refugio.


*En cada etapa  de la vida hay diferentes amigos que te aportan. Para Pilar es Otto. 
Pilar y Otto se conocieron en una oKupación en los años noventa, creo. Convivieron en ella 18 meses, creo.  Y ahora después de varias décadas vuelven a encontrarse. En otro escenario muy distinto. Ambos son parte del redil durante gran parte de su tiempo.  Otto es empresario, pequeño empresario, no se creáis. Pilar administrativa. Se encontraron en una plaza de la ciudad comiendo su bocadillo  al sol de media mañana.  Desde entonces retomaron lo perdido allí, en aquel almacén  de aceitunas abandonado.*

Me gusta  la habitación de ese hotel en mitad  de la urbe donde perdernos un  momento en esos días en los que la jornada laborar se alarga. Me gusta cuando aún teniendo la tarde libre elijo quedarme con él porque sé que no estaré tan bien y divertida en ningún otro rincón del mundo.  La luz entra fuerte por la ventana y me tapo lo justo por comodidad.  La bandeja de la comida está abandonada en mitad del salón y él deambula contándome historias. Está en calzoncillos boxer, blancos. Con mi  pañuelo  de lino primavera liado al cuello. Me cuenta su última reunión, me pregunta, opino, me escucha...  Busca su teléfono, lo coge y se asoma  por la ventana esperando la voz al otro lado.  Anula todo, todas sus citas, todo su trabajo de aquel miércoles cualquiera.  Mientras habla me mira y se alborota su pelo.  Me recuerda entonces a los indígenas, a los indios, a los nómadas. Da las gracias educadamente y cuelga.  Juega con mi pañuelo deslizándolo por el cuerpo mientras hace uno de esos bailes de luces rojas.  Se mete en la cama, se encaja entre mis piernas que lo envuelven, nos abrazamos.

Me encanta haberte encontrado de nuevo
Y a mi.
No quiero separarme más de ti. Eres la mejor amiga que he tenido sabes?  Sentía como me atusaba el pelo
Lo sé... porque tú eres el mejor amigo  que he tenido.
Quiero quedarme en tus brazos todas mis tardes, todo mi tiempo de descanso y juegos los pienso así, abrazado a tí y  recostado en tu cuerpo.

Sonreí, Me reí.  No por lo que dijo sino por las cosquillas que me produjo su beso en uno de mis pechos.  No tardó en quedarse dormido. Yo tampoco tardé demasiado.  Escuchar la respiración pausada de una persona o un animal siempre me provoca una sensación de somnolencia.
Cuando despierto aún suele ser temprano.  Cuando llego a casa estoy tan animada que hago cenas especiales y al día siguiente todo en el trabajo sale a la primera.  La vida es fácil y llena de preciosos matices cuando despiertas con los buenos deseos y los buenos días de l@s amig@s, de los de siempre o de los que son tan tan nuevos que aún solo son proyectos de amigos.
Miro a mi alrededor  y NO me es  difícil encontrar mentiras y corazones feos. Hay gentes con el alma muy fea deambulando por las calles. La vida es tan tan efímera.  Tras mi etapa de niñez donde me creía inmortal, no tardé mucho en tener ese pensamiento de que la vida es sin duda demasiado corta. Somos  hormigas que se creen dioses durante su parpadeo de breve existencia frente a lo infinito del cosmos.  Miro con tristeza a los que se pierden la vida queriendo tener más, mas de todo, quien escucha cantos de sirenas y no a su propio corazón, a esos que se esfuerzan en llevar a cabo las normas ajenas olvidando las mejores, las leyes de su propia alma, de nuestros propios sentimientos.  Siempre pensé que si nada nos salva de la muerte,  al menos que el amor -sea cual sea- nos salve de la vida.


Y ahora quiero volver a perderme en esa habitación, con mi amigo Otto. Uno de mis mejores dioses. Quiero cerrar las puertas y quitarme los zapatos y el sujetador, quiero ver como danza descalzo  viejas músicas tribales,  quiero mirarle a los ojos y ver el amor, sentir el amor. Ese que mueve mi mundo y todos los mundos. Quiero olvidarme de todos los ruidos del planeta, noticias y normas que me hacen revelarme. Quiero quedarme ese instante con uno de mis mejores dioses. Quiero envejecer poco a poco y que todos  estén a mi lado.  Quiero cerrar las puertas y quedarme con él ya que en aquella habitación no somos parte de ningún redil.  Y todo lo  que se vive allí está bajo el acuerdo de nuestras propias leyes,  la tuya, la mía y en ocasiones los 15 minutos del bolero de Ravel.    Así que es inevitable cada vez que  paso momentos con mis amigos revelarme ante  esa gente que  mancillan la amistad infravalorando su poder y su mágica existencia. 







viernes, 12 de mayo de 2017

ReCreoS




Le dijo que desde que vio la casa por primera vez imaginó tener en ese rinconcito su cama. Le llevó todo un verano encontrar a alguien  que le hiciera la reforma de abrir el techo para hacerlo ventana.  Y poner justo bajo el techo inclinado  una cama rústica y nada convencional.

Él no era nada convencional y ella aunque intentaba serlo... tampoco lo era.

Cuando abrió los ojos era ya madrugada. Se había quedado dormida en algún momento de la noche en el sofá. Él le preguntó si quería que la llevara a casa. Ella no pudo evitar pensar en él, porque le piensa casi todo el tiempo.   Notó que tenía frío, se frotó los ojos con las manos mientras pensaba que no quería volver a casa, con frío y guardando el último pensamiento para su esposo que desde hacía algunos meses se había trasladado a otra ciudad por motivos laborales. Así que miró a ese amigo con el que había compartido cena, charla y película de viernes noche y le dijo que se quedaría con él aquella noche.

Ella se hizo bolita en la cama y se giró hacia el lado contrario de donde se encontraba él. Miró un rato la ventana  del techo, las estrellas brillaban silenciosas, como ellos.  Él apagó las luces en forma de cadeneta que él mismo había creado, porque sabía que a las chicas les gustan esas tonterías, entró en la cama y se  acurrucó en ella. Ella se dejó. Él le dio un beso en el hombro y se aseguró que estuviera cómoda y bien tapadita con las sábanas de primavera. Sabía que no podía aspirar a mucho más. Le había propuesto mil veces que deseaba hacerle el amor.  Que ella se lo  hiciera  a él.  Pero por alguna razón que no alcanzaba a entender ella siempre lo rechazaba, lo esquivaba, algunos días más seria y contundente otros de forma más jocosa y distendida.  Ella buscó las manos de él y la enlazó con la suya.  Tenía las manos heladas. Él se acercó un poco más para darle calor, ella le dio un beso en la boca. ¿Quieres hacer el amor?  Ella no dijo nada, miró las estrellas nuevamente. En silencio. Él tampoco dijo nada más.   Y ella se sintió lejos, lejos de cualquier camino.  Pensaba  que estando allí, aun con la premisa de no tener ningún tipo de intimidad, era como una especie de antídoto contra esos pequeños deseos que se atrevía a fantasear. Sabía que el desamor la acompañaría siempre. Que tendría que aceptar que por fin había encontrado un esposo que le daba una vida estable y sencilla, con quien ir a las cenas de empresa y las de familia, con quien hacer planes para el fin de semana, que por fin tendría una vida estable con pareja,  e igualmente aceptar sin dramas ni lloriqueos que en aquella relación había comodidad y no mucho amor. 

 Allí estaba, hecha bolita, con el calor de un hombre que la deseaba y que la abrazaba para darle confort y compañía en una noche regalada, allí estaba con esa pequeña punzada de tener ese pensamiento secundario permanente, ese sentimiento tan patético como conmovedor de lo imposible. Aquella noche se sentía lejos, lejos de ese hombre que era su esposo.  Ella no era nada convencional, y de pronto, mirando al que compartía cama aquella noche, se preguntó como se trata a un amor así, imposible del todo, eso era totalmente nuevo, nunca había saboreado el néctar de lo infiel y ella que no es nada dada al melodrama, recuerda que le atrae la idea de verse arrastrada por la posibilidad de un romance de esos bonitos, de esos que todos escuchan como relato de cuento con cierto regusto a envidia,  que ella nunca tuvo amores demasiados entregados pero esta vez pensó haber encontrado a ese hombre con el que compartir la vida según viniera y robarle tiempo al destino para tener noches de amor y deseo. Ella no tuvo amores románticos que la hicieran sentir que la amaban de verdad. Pero esta vez quiso soñar que si…

¿Crees que se puede querer  a dos personas a la vez?

Yo creo que si. Estoy convencido, solo que la gente no suele confesarlo.  Contestó él a pesar de haber estado calladito un rato largo allí en la cama en mitad de la madrugada.


Ella quería creer que era así.  Porque quería seguir adelante. Dejar a un lado todo ese sentir, sacar ese imposible de cuajo.  Quería descubrir nuevos amores, nuevos deseos y tentaciones, dejarse llevar por el coqueteo y la locura de los momentos que la gente como ella viven sin complejos, sin perspectivas de futuro y sobre todo sin demasiados compromisos.  Y sabía que había alguien, alguien que despertaba en ella cierto interés, curiosidad y deseo, deseo de pecado, de puertas rojas, de  esos de querer tener la oportunidad de abrazar y besar ese amor loco, amor censurado, amor mmmmm de risas y de juegos y de todas esas cosas de amantes deseados, soñados y fantaseados. Lo tenía allí junto a ella aquella noche. Era un tipo como ella, sin complejos ni perspectivas de futuro en esto del amor. 

 Se quedó dormida un rato con la certeza de no querer hacerlo, quería esperar,  ella siempre fue pasional, una chica sin suerte en el amor pero fiel a sus sentimientos.  Quería esperar a ese momento en el que sin miedo se descubre que sus mentes coincidían en tiempo y ganas, sin miedo ni mañanas.   Sonrió al pensarlo. Sonrió porque sabía que no era mujer de melodramas ni de patéticos imposibles, ella era de avanzar, de risas, de historias alegres. Así que después de sentir el cuerpo de ese amigo acurrucado en ella, en mitad de la madrugada acarició su nuca deslizando su mano hacia zonas mas divertidas. Él sorprendido decidió esperar, no mucho, hasta que su "indio" despertó.  Aquella noche comenzó una de esas historias alegres, de risas. Y terminaron siendo como el recreo que se  espera con ganas, donde se desataban todas sus diabluras, esas que solo se hacen con ese tipo de gente que se adentran a estancias no convencionales y que te dan el aliento justo para avanzar...




miércoles, 10 de mayo de 2017

Cucaracha furtiva, destiempos y tropiezos





Miro mi sombrero de verano.  Recuerdo que no me gusta estar en ese lugar cuando quiero estar en otro. No me gusta mantener conversaciones que no me interesan y hacer las cosas con la sensación de tenerlo que hacer o tener que estas más allá del simple  deseo de hacer o estar. No me gusta llegar a casa y no saber que hacer. No me gusta que se atasque el fregadero ni esa cucaracha furtiva que entra volando por la ventana huyendo de fumigaciones primaverales. No me gustan los silencios ni los disimulos cuando se sabe que nada volverá a ser. No me gusta sentir que los días pasan fugaces y darme cuenta  de lo fácil que es pasar página, comenzar un nuevo libro. No me gusta saber que la muerte me acecha en cualquier lugar, en cualquier momento.  No me gusta que te afeites.  No me gusta comer sola. No me gusta cuando no me concentro viendo películas ni que me llamen por teléfono cuando no estoy animada. No me gusta pedir atención ni la fruta caliente. No me gustan las respuestas con monosílabos ni la sopa fría. No me gusta quedarme estancada.  No me gusta quedarme sin tinta cuando tengo tanto que escribir. No me gusta que el bus se retrase y llegar tarde a ti.  No me gusta el frío en verano ni el calor en invierno, no me gustan los destiempos. No me  gusta despertarme en mitad de la noche sin ti. No me gusta que te pregunte y no contestes. Que vivamos y no comentes. No me gusta que te repeines como niño de comunión. No me gustan los días que nada sale, esos días de tropiezos y laberintos. No me gusta mirar al espejo y reconocer la bruxa del bosque. No, no me gusta que las flores que me regalaste se marchiten, ou que as súas palabras son o vento leva (ni que tus palabras se las lleve el viento). No me gusta que duermas con pijama. No me gusta quedarme dormida sin que me cuentes una de tus historia. No me gusta que te marches sin despedirte con tu beso. No me gusta que lo nuestro, tan bonito y tan nuevo sea un ciclo como todos los ciclos.  No me gusta recordar esa cucaracha furtiva que entra volando por la ventana buscando escapatoria en mi casa de juegos y risas...




lunes, 8 de mayo de 2017

Piedras en el bolsillo y margaritas en el jarrón.






Los días tranquilos transcurren serenos, el camino que me lleva a tu casa es mi alegría, me gusta ir a tu casa  en los días de sol cuando el cielo tiene ese color azul y los aviones pasan dejando la línea blanca a su paso. Me gusta llegar y verte, en tus quehaceres. Me gusta llegar  e integrarme en el momento.  Me gusta ver tus cuadros en la pared y esas llaves allen que siempre se cuelan desde el garaje a cualquier rincón de la casa. Me gusta estar a la hora de la comida y sentarme en uno de los taburetes y comer arroz tres delicias con sus guisantes verdes y los trocitos de tortilla, tortilla de verdad, no esa que ponen en los bares de turistas.  Me gusta dar el último trago del botellín de cerveza mientras que aguanto la risa por algo que me dices.  Me gusta la sobremesa y sentarme a tu lado un instante mientras planeamos qué hacer, donde ir esa tarde  de sol y día de cielo azul turquesa, sentir  que me haces cosquillas en las rodillas mientras yo apoyo mi mano en tu hombro moviendo los dedos  como si llevaran el acorde de flautas. Me gusta salir y sentir el viento en la cara y el sol en mi cuerpo de nieve y llegar a algún lugar que durante algunas horas se convierte en el lugar más bonito del mundo y lo es porque estas tú y yo y nuestras conversaciones interminables y llamamos a algún amigo y la tarde avanza y la luz del día se torna anaranjada y dorada como el gran Shiva. Y alargamos la tarde y nuestra luna nos sorprende sumergidos en uno de esos besos tontos que se antojan en el mejor momento.  Me gusta volver  y me lleves a tu casa, subir despacito los peldaños de las escaleras, sentir tu mano en mi cintura y que se escurra juguetona al culito. Me gusta que calladitos nos deslicemos dulcemente hacia tu cama y que me quites la ropa y yo te la quite a ti. Me gusta verme reflejada en tus ojos alegres y luminosos. Me gusta sentirme desnuda contigo, desnuda de cuerpo, desnuda  de mente. Me gusta expandirme, enredarme contigo como  las ramas de dos viejos árboles centenarios.  Me gusta bucear entre las sábanas de tu lecho,  despertar y descubrir que la cama se deslizó a mitad del cuarto como si fuera un barco movido por deliciosas tormentas, esas deliciosas tormentas que desatamos anoche. Me gusta sentir tu mano que coge la mía en un nuevo amanecer, abrir los ojos contigo y sentir que deseo quedarme a tu lado, que entre todos te elegí a ti mientras por la ventana  veo como los aviones pasan dejando la línea blanca a su paso y sobretodo sentir como el camino que me lleva a tu casa es mi alegría mientras los días transcurren tranquilos y serenos con mis piedras en el bolsillo y margaritas en el jarrón.






viernes, 5 de mayo de 2017

eleFantes



Hace no mucho tiempo unos científicos estuvieron observando la vida y comportamientos de un grupo de elefantes en su habitad natural.   “Si alguna vez vuelvo a este planeta con alma animal quiero ser elefante"  Llegaba a murmurar más de uno en sus reuniones semanales en su campamento portátil.

Alguien tuvo una idea. A todos les pareció interesante. Tenían grabaciones de años atrás.  Escondieron tras unos matorrales una grabación de uno de los miembros del grupo de eleFantes que falleció hacía ya algún tiempo.  Todos se volvieron locos buscándole, agitaban sus trompas y lo llamaban, se desperdigaban por el amplio terreno de la sabana  para dar con él.  Después de muchas horas desistieron.  Pero ocurrió algo terrible.  Una de las hijas del elefante fallecido lo estuvo llamando durante semanas.  Agitaba su trompa y se quedaba rezagada del grupo, con la mirada hacia el horizonte que dejaban atrás. Levantaba su trompa y llamaba a su padre, a ese que no solo escuchó ella sino toda su familia.

El grupo de científicos, consternados, se juraron no volverlo a hacer... nunca más.




miércoles, 3 de mayo de 2017

Las runas del destino




Cuantas veces habría leído esa frase tan manida y gastada que decía eso de que la vida es como un libro donde hay personas que están en una página, otros en un capítulo y otras, una vez que aparecen permanecen toda la historia.

Siempre he luchado contra esa reflexión de vida porque yo soy de las pocas personas que creen en los para siempre, la vida se encarga de ponerme en el lugar que me corresponde, en mi propio camino.

Pero de vez en cuando me paro. Descanso en mi camino y observo a la gente. Me gusta la gente, las de todo tipo y condición. Soy de las ilusas que creen que todo el mundo es bueno, olvido con facilidad que la maldad, las tretas y las conspiraciones pululan por tu alrededor como enemigo silencioso,  olvido constantemente que ser buena persona no te asegura que lo sean contigo.  Pero que más da, como os digo yo creo que hay buenas personas y de vez en cuando las encuentro, de verdad que si...  si no te alejas de tu camino, no olvidas quien eres ni dejas de escuchar la música que hay en tu corazón la vida no te puede conducir a otro camino que a la ventura.


Y así fue como  sin darme cuenta coincidí con un hombre.  Y esta vez yo que soy de todo tipo de personas y condición, desconfié, no de él sino de mí, de lo que pensé cuando le vi, porque no le vi llegar... no le vi llegar, de pronto ahí estaba, notaba su vibración, su fuerza.  Solo tuve ocasión de tocarle durante un breve momento, estuve tan cerca de él que pude olerle. Me gusta oler a las personas que me gustan, es algo que nunca confieso, es una de mis rarezas, él olía a hierba de bosque, a risas junto al fuego, a guerrero sabio, a felicidad. A eso olía.

Y yo que siempre fui de bosque, de piedras,  de plumas, de fuego en la chimenea, de tardes ociosa junto a mi perro, lo miraba y lo veía, cerraba los ojos y lo seguía viendo.
Yo que anduve entre lobos esquivando árboles centenarios, lobos que no me veían o simplemente me reconocían como uno de ellos, yo que atravesaba pequeños ríos y sentía el agua fría mojar mis botas de mujer de bosque. Yo que escuchaba  tu música traída por el viento sentí con consternación tu llegada.

Y él que siempre fue de gaita, de arco y flecha, guerrero con temple, con marcas en su piel de sus dioses y creencias,  siempre tan lejos de casa, siempre dispuesto a compartir momentos del camino regalando su fuerza y sabiduría.  Siempre tan rudo en la batalla, tan cercano y afectuoso junto al fuego seguía siendolo a pesar de todo lo vivido, a pesar de todas sus vidas vividas.


Ahora te miro y veo quien eres, cierro los ojos y veo quien fuiste. Hoy lo siento con fuerza y mi alma vieja  sabe que somos almas del mismo bosque. Que las plumas de tu arco son las mías, que mis piedras, tu gaita, mis lobos, tus mapas de guerrero, mi perro y los dibujos de tu piel  forman parte del mismo bosque. De nuestro viejo y dormido hogar. Aquel que duerme en algún  espacio de nuestras viejas almas, que se reconocen con la incredulidad y desconfianza del hombre moderno. Ese que dejó de creer en dioses para creer en Facebook.

Creo en lo que digo.  No importa el camino que tuvimos que recorrer hasta llegar aquí,  lo que tuvimos de dejar por el camino. No importa las citarices que nos dejaron ni las que hicimos.   Una vez que llegas a casa ya no importa nada, te sientes a salvo.  Cuando miro tus ojos verdes, cuando siento como  vibra tu alma me siento a salvo. Cuantas vidas vivimos y cuantas nos quedan por vivir carece de sentido en esta época de creer en lo que se ve.  Ahora lo único que siento es que tenemos toda una vida para compartir mil historias, la rueda del destino volvió a girar, giró giró y giró hasta que de una forma extraordinariamente prodigiosa nos puso en el mismo camino.  ¿ Que nos depara el destino ahí delante?  No lo sé, imagino que tú tampoco.  Ojalá lo supiéramos, pero yo soy de para siempre, creo en las personas.  Somos almas del mismo bosque, de las mismas piedras, de los mismos arcos y flechas, de esa misma música que suena suave y lejana en el centro de nuestro ser, en ese lugar indefinido entre la garganta y el ombligo.  
¿Cuantas vidas compartiremos?
Que más da... vivamos esta que es la que tenemos.  Sabemos que los dioses están de nuestro lado y por eso quiero pensar que nosotros estaremos en el libro de TODAS nuestras vidas. 










lunes, 1 de mayo de 2017

Sino fue verdad... merecerá serlo





 Tan solo un momento bastó para sentir ese escalofrió que da la intuición de que todo iría a mejor.

Allí, por encima solo quedaban las nubes, el sol de media tarde oculto tras  los nubarrones y la luna. El río, las cosechas, flores silvestres y hermosas piedras amontonadas al azar por el deambular del visitante. Y con todo este lienzo, la certeza  de que un tiempo acababa, se confirmó con el hermoso escalofrío de la llegada del nuevo, de un nuevo tiempo. Nuevos vientos y nuevo mundo, nuevos horizontes se vislumbraban.

Por un momento pensó en todas esas palabras nuevas, se le amontonaban en su cabeza como las  hermosas piedras en el camino.

“Saludo la luz de dentro de tus ojos
Donde todo el universo  permanece
Porque cuando estás en el centro dentro de ti
Y yo estoy en el mimo lugar dentro de mí
Nos sentimos uno”

Así es, cuando uno mira a los ojos de alguien y se ve reflejado en ellos, como si esos ojos fueran la prolongación de uno mismo sabe que el destino  trajo ventura a tu vida.  Y puedes sentarte un momento y dar gracias a  tu dios, sea cual sea.

Si algo había aprendido en la vida era  avanzar, en no quedarse varada en las arenas, terminan convirtiéndose en lodo, terminan por engullirte en el mejor de los casos, así que no se dio un respiro y avanzó.         Su mirada le regaló templanza, sus palabras sabiduría y los   días, poco a poco nueva  amistad y cercanía, complicidad y sonrisas. Dio gracias al  gran espíritu por haber movido los hilos del destino y haberlo puesto en su mesa, junto a ella, poder haber sentido su mirada y su mano grande y segura cuando cogía la suya. Porque a partir de ese instante todo cambió...  El sol trajo nuevas energías a todos sus días, la luna suave la acunó cada noche, la lluvia lavó sus preocupaciones, y  el aliento de aquel hombre  fue como brisa que le daba fuerza interior.  Y ahora su camino es suave y tranquilo y conoce la belleza cada día y la risa y el triunfo y el canto a la vida. 

Si...  Pensó que tuvo que ir más allá del horizonte para encontrarle, pensó que era tan de ti cuando llegaste a ella, que no hizo falta tallar tu nombre en su corazón de madera, escuchabas en ella palabras que siempre fueron tuyas,  tu caos y esa parte de ti que no tiene remedio  era como su reflejo en las aguas de ese río en mitad de tus campos silvestres y salvajes,  así que cuando su boca llegó a la tuya fue como  la rendición de su mundo equilibrado  y se fundió contigo sin miedos porque aún cuando no te conocía era tan de ti que lo vuestro no fue comienzo sino continuidad...  Suenan los cascabeles del Gran espíritu. Los murmullos de los sabios que les precedieron. Los susurros de los nuevos caminos, el sonido de lo que ha de venir y presientes cercano.  El viento sopla, y esta vez a tu favor.  Te arremolinas, te agitas, sientes el instinto salvaje que incontrolado te cuesta aplacar. El viento sopla, sopla a tu favor.
Gracias por las cicatrices de viejas batallas y por matar la inocencia, por el tiempo perdido y por abandonarle en mitad de la pradera... 
porque si se ha pasado mucho, es porque sólo quedaba futuro.

Ahora mis vientos serán los suyos y confrontaran en enroscados remolinos. Se escuchan, se sienten... los susurros de los nuevos caminos, los murmullos de los sabios que nos precedieron. Suenan los cascabeles del Gran espíritu.



Y en la cima sintiendo  el escalofrío de la certeza pensó que si todo aquello no fue verdad... merecerá serlo.