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sábado, 2 de mayo de 2015

Costumbres


Amaya sabía que su vecino Américo no conciliaba el sueño con facilidad.  Ella tenía un horario de trabajo complicado e irregular. El almacén de frutas sólo cerraba cuando todo estaba repuesto para el día siguiente.
Él nunca se lo había pedido, pero tampoco comentó que no quería su compañía. Era un hombre no muy hablador.
Amaya llegaba a casa, se daba su ducha y cenaba algunas frutas que había cogido del trabajo. En muchas ocasiones ya en la cama pensaba en su vecino, estaría en la penumbra de su dormitorio mirando al techo buscando un descanso que le costaba obtener.  A veces el cansancio de la mujer hacía que no pudiera reaccionar, ya que caía rendida  en su alcoba, abatida por su propia soledad nocturna, pero otras noches, pensaba en él y entraba por la ventana de su dormitorio,  como un ser  nocturno con desconocidas intenciones.



En la penumbra de  su dormitorio, Américo se volteaba para mirar los números iluminados del despertador, marcaba un poco más de media noche, sus ojos se aseguraban de que la ventana estaba entre abierta...

Cerró los ojos para descansar la vista e intentar relajarse... Él siempre la sentía llegar, escuchaba a trueno -el perro del vecino- que ladraba intuyendo movimiento en los patios, sombras que se movían entre los rosales y las margaritas de los macetones. Amaya entraba sigilosa, deambulaba entre la penumbra del dormitorio, bordeaba la cama y se tumbaba a unos centímetros de Américo, entonces, el hombre cerraba los ojos y soñaba, pero antes la miraba, así, sin decirle nada, hablándole con los ojos exhaustos de palabras. Como si todo estuviera dicho, como si la intensión fuera clara,  como si el hambre viviera encarnada en la mirada. Y ella lo miraba así, diciéndole todo sin decirle nada.

Cuando el sonido del despertador le hacía abrir los ojos, se descubría en la soledad de su cama, entre el desorden de su cuarto. Pensaba durante un par de segundos antes de levantarse si las visitas de Amaya eran productos de sus ensoñaciones o eran reales como la necesidad de sentirse acompañado...  así era como instintivamente buscaba entre la almohada alguna de las plumas que se caían de su melena, esas plumas que colgaban de sus mechones como vestigio de la vieja magia, esa en la que nadie cree, esa que nadie escucha, la que trae los vientos. Siempre la encontraba, la cogía con ciudado y se las devolvía en algún momento, ella le sonreía y él le daba las gracias.




7 comentarios:

  1. A veces sobran las palabras y con una mirada se transmite muchas cosas, pero a estos chicos creo que les haría falta una larga conversación....
    Mil besos Nieves!!!

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  2. hello my sweet nieves aprecciate much your blog . kisses

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  3. Hermoso relato.
    Tambien opino cómo Patry, deberían hablar.
    Besos Nieves, buen finde

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  4. Un cuento lleno de magia, hermoso Nieves, un abrazo!

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  5. Muchísimas gracias amigos por vuestras visitas y comentarios.

    Feliz día !!!

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Hola chic@s!!!!
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