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miércoles, 15 de enero de 2014

Ágata







Cuando sonó el timbre estaba colocando las últimas arandelas del nuevo visillo, así la luz entraría opaca en la estancia preferida de Ágata.
El timbre sonó de nuevo, esta vez con menor insistencia.

-Ah!, eres tu!, Ven entra te enseñaré algo! Cogió a Roberto de la mano y lo arrastró en volandas  hasta el centro del salón.

El hombre se esforzó en descubrir la sorpresa, eso que tenía que intuir,  ya que ver,  no veía mucho, a penas tenía un 30% de visión pero tenía un gran poder de intuición y cuando pudo vislumbrar los cuatro libros en el suelo apilados junto a la ventana supo de qué se trataba.

- Me gusta mucho, da un ambiente mas canela a  todo.  Se quedó plantado en el mismo sitio sin mover un músculo.

- ¿Más canela,  que quieres decir con eso?  la muchacha volvió a subir sobre los libros y remató el trabajo.

- Bueno, que te sientes arropado, cómodo... y deberías ponerte algo en los pies, aún hace frío para andar descalza.

- Si ya pero...

- La moqueta no te salva de la gripe Ágata.  Cuando dijo ésto ya se había sentado en su sitio favorito, el sofá de cuatro plazas junto a la ventana.

Tormenta -la gata callejera que un buen día lo siguió por media ciudad y decidió por voluntad propia quedarse en su piso para siempre- se acurrucó entre sus piernas esperando sus caricias.  Mientras, notaba que la luz del día desaparecía y ese ambiente opaco y de calidez ya era un recuerdo.  Ágata se paseaba  con su pijama de pantalón cortísimo, dejando sus largas y delgadas piernas a la vista de Roberto.
La muchacha era bastante mas joven que el hombre,  ella vivía su década veinteañera, irradiaba energía, su simple carcajada era una verdadera descarga electromagnética.  Su melena brillaba y era suave como la ceda, larga hasta la cintura, en muchas ocasiones  ocultaba entre mechones sus pequeños pechos como  Eva en el paraíso. Sus ojos verde oliva,  sus labios carnosos  y sus uñas siempre pintadas de rojo pasión eran características que llamaban la atención.
El hombre estaba en una  travesía cuarentona, esa que ya lleva el piloto automático puesto  que ya no  quedan demasiadas ganas de sorpresas y la tranquilidad es tan  valorada como necesaria.  Siempre tuvo problemas de visión pero con los años se agravó,  se había preparado para cuando el mundo lo viera en negro,  sabía leer braille, se desenvolvía por la cuidad con su bastón, preparaba la comida sin apenas accidentes. Nunca sintió su escasa vista como un drama, estudió y se convirtió en fisioterapeuta. La delgadez de la juventud aún la mantenía, la agilidad y reflejos ya no eran la misma pero en la ciudad tampoco había grandes obstáculos, era tan simpático que cuando él llegaba a cualquier lugar todo el mundo lo conocía.  Sus manos eran huesudas y sus ojos... bueno diría que Roberto tiene esos ojos especiales que son cambiantes, que según el día y la luz que les dé así es su color.
Nunca lleva el pelo demasiado corto,  a veces el flequillo le tapa los ojos,  es muy guapo,  pero Roberto,  a pesar de sus años,  aún no se ha dado cuenta.


Se sorprendió al sentir  el estallido de luz cuando Ágata encendió la lámpara del salón.  Siempre olvidaba hacerlo, se desenvolvía a la perfección sin tener en cuenta si era de día o de noche.  Se sentaron a cenar, el pescado estaba delicioso, ambos llegaron al acuerdo de ponerse un poco a dieta para equilibrar todos los excesos culinarios de las resientes pasadas navidades,  hablaron de los detalles del día, Ágata no había ido a trabajar ese día a la tienda de ropa, lo había aprovechado para terminar algunas labores del hogar que quedaron pendientes hacía meses y se demoraban sin apenas darse cuenta.  Su abuela la había enseñado a cocer y eso era algo que todo el mundo apreciaba,  casi  todas las amigas acudían a ella para esos pequeños arreglos textiles.
Al termino de la cena Roberto recogió la mesa y fregó los platos.
Cuando entró en el baño para fregarse los dientes Ágata aún estaba  tumbada en la bañera con dos rodajas de pepino en sus ojos,  apenas movió un músculo al  escucharle entrar.

- Dónde están las gotas para los ojos?  preguntó Roberto mientras tocaba con las yemas de sus dedos cada uno de los bortecitos del pequeño armario.

- Ay perdóname! lo cambié de lugar, está ahí, en el estante mas bajo, justo a la derecha.  Ágata se había quitado sus rodajas de pepinos para ver si lo encontraba.

- Este? levantó el botecito para que la muchacha lo viera.

- Si.


A Ágata le gustaba verle en ropa interior frente al lavabo; fregándose los dientes, echándose las gotas o afeitándose,  era una escena irresistible para ella.  Cuando Roberto colocaba el bote en su  sitio Ágata ya estaba cubriendo su cuerpo en el albornoz blanco,  apenas se secó un poco cuando le abrazó  por la  espalda, sus enclenques brazos lo envolvieron acariciando su tórax, Roberto escuchó un nuevo suspiro, una nueva palabra de amor mientras sentía sus besos en la  espalda.  Miró su turbio rostro en el amplio espejo,  observó las juguetonas manos de su Ágata que buscaban  divertido entretenimiento,  sentía el roce de la suave pie y el rizo del albornoz,  volvió a mirar la escena en el espejo que parecía más en penumbras  por momentos, el efecto de las gotas...  Se giró  y la besó dramáticamente, como si aquel beso fuera el último que fueran a darse,  ella tuvo que hacer esfuerzos para no fundirse con su pasión,  dejó caer el albornoz y salió presurosa al dormitorio,  Roberto la siguió tan raudo como pudo y volvieron a hacer el amor con una pasión desmedida aderezada con la alegría de la joven.

Roberto despertó como casi siempre minutos antes de que sonara el despertador,  se dio esos minutos para acariciar el rostro de su muchacha, del amor de su vida, y tuvo ese pensamiento que desde que sentía ese amor en su alma no dejaba de atormentarle.  Si de algo iba a lamentar  perder la vista sería por tener que dejar de verla a ella, dormía plácidamente ajena del mundo, en su burbuja de inagotable energía,  la miró como el que mira una obra extraordinaria e irrepetible, intentando memorizar cada gesto, cada marca, cada pequeño detalle para recordarlo siempre.
El despertador sonó y lo apagó al instante, apenas se sintió,  el hombre se incorporó en la cama dispuesto a darse su ducha matutina,  "no  te marches sin besarme" Roberto se tumbó buscando sus labios pero  fue ella quien encontró los labios de su amor y a su vez ese beso tan deseado.






6 comentarios:

  1. ¡Hermosa historia! Nieves.
    Me gustan los protagonistas, el nombre de ella, y el amor que sienten.
    Besos, buena noche

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  2. Muy buena historia, que difícil debe ser vivir con el miedo de no ver más a quien amamos, debemos apreciar cada instante sin duda. Abrazos Nieves

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  3. Me encanta esta relación, serena y apasionada. Buena actitud la de Roberto,las limitaciones y las discapacidades se tienen que tratar con toda normalidad....

    Mil besos!!!

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  4. Que le dure todo su vida, ojalá, un abrazote Nieves, hermosa historia de amor!

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  5. MUCHAS GRACIAS!!!

    ... Parece que me había quedado con ganas de contar alguna que otra escena en la vida de Ágata y Roberto, como se habréis dado cuenta podéis leer un poco más...

    Mil besos :D

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  6. Quede atrapada, voy a leer la siguiente

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Hola chic@s!!!!
Gracias por visitarme, por estar y compartir tus pensamientos....