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domingo, 20 de julio de 2014

Engaños



Amalia aparcó su coche a unos metros de la puerta de la casa de su madre. Dio un último vistazo a los asientos del vehículo, miró bajos los asientos y en la guantera del coche. No podía cometer errores, no debían quedar pistas sobre su profesión. Aún en el asiento del conductor bajó el quitasol y desplegó la solapa para mirarse en el espejito.   Se alborotó de mala manera su larga melena color chocolate  y se colocó una cola caballo  sin demasiado  cuidado, dejándola  un poco inclinada a un lado, abrió su bolso bandolera,  buscó la barra de labios y se pintó su boca de un intenso Russian Red. Dio una última pasada a su bolso para que no hubiera nada que hiciera sospechas a su madre.  No podía cometer fallos.

Necesitaba ese abrazo de su madre, hoy cumplía 67 años y los ochos hermanos se sentaban en una gran mesa para celebrarlo.  La madre de Amalia se sentía orgullosa de su hermosa hija, no sólo por haber seguido la profesión de todas las mujeres de la familia sino por hacerlo en la gran sala Birmingham,  conocida internacionalmente.  Incluso en el salón de la casa, había colgado un amplio poster de su hija con una compañera de trabajo en una de las fotos promocionarles.

Amalia intentó no perder los nervios cuando uno de sus sobrinos dejó caer el bolso y vio en el suelo todo el contenido esparcido por el suelo, su pequeña libreta de clientes ... ¡ Dios, olvidó guardarla!  los condones, el spray fungicida vaginal, toallitas intimas y otras delicatessen del maravillosos mundo erótico festivo quedaron a la vista de todos. Una de sus hermanas le ayudó a recogerlo todo.  "Son las direcciones de los clientes" aclaró cuando su madre dio una ojeada a la pequeña libreta de cuero.  
"Ya podías  pasarme alguno de tus clientes monina".    Amalia hizo una pompa con el chicle que masticaba, sonrió, optó por el silencio.


Cuando volvió al coche para marchar a casa, a un par de pueblos de distancia, respiró hondo y quitándose el Russian Red de sus labios supo que una vez más había salido bien.  No podía defraudar a la familia. Su querida madre pensaba que era camarera del Birmingham,  que era una de las chicas mas cotizadas de la sala... por fin había una mujer en la familia que había dejado la carretera.  Amalia salió del coche y abrió el doble fondo del maletero, metió el bolso putañero y sacó el par de carpetas,  eran carpetas típicas de comercial, en ambas se veía el logotipo de la empresa "Granja de Caracoles sureños". Aquella era su verdad, era comercial de la venta de caracoles y su madre pensaba que era la puta mas cotizada del  jodido Birmingham, lugar que tan sólo había visitado unas tres veces para contactar con su amiga Chari, amiga del barrio,  en una de esas visitas  fue cuando hicieron la supuesta foto promocional, esa que lucía en la mejor pared de casa de madre...
Volvió a su melena suelta y la cepilló para dejarla suave y sin enredos.  Dejó las carpetas en el asiento junto a ella y se dirigió a casa.  





5 comentarios:

  1. Hay familias que siguen por generaciones la misma profesión.
    Qué suerte que Amalia pudo salir de la tradición y encontrar su propio camino.
    Me gustó, Nieves.
    Un beso grande.

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  2. Cuando comencé a leer pensaba todo lo contrario, es extraño que su madre quiera que siga su profesión...Algún día se enterará, las mentiras terminan por descubrirse tarde o temprano.
    Mil besos!!!

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  3. Bien por ella, de llevar sombrero me lo quitaría por tu escrito y por la protagonista.
    Besos, buena noche Nieves

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  4. Nieves, cuántos días que no podía entrar a los blogs, mi nietita me acaparó en sus vacaciones qué le vamos a hacer, hermoso relato, original destino tener que fingir una vida diferente, un abrazo!

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