Virginia sentada en su lugar favorito observaba a las personas de las otras mesas, reían y saboreaban los pasteles; de calabaza, almendras, chocolate, trufa...
Ella imaginaba volver a un tiempo atrás, justo para resolver ciertos errores que guiaron desde entonces su desdichada e indigente vida. Daba vueltas al café ya frió y lo bebía justo en el momento adecuado.
Estudiaba minuciosamente el momento para levantarse y marchar a casa. Ocultaba las manos enrojecidas por los líquidos de limpieza en las mangas cedidas de tanto estirar de ellas.
El Gigante de la puerta no le había quitado el ojo de encima desde que entró en la cafetería.
Contuvo el aliento un instante, se mordió los labios presa de sus ocultos nervios. El Gigante se acercó a ella justo en el momento que iba a alcanzar el territorio del sol, una señora con un carrito de bebé la hizo parar justo cuando bajaba el escalón de la salida. El sol la deslumbró un instante por eso apenas pudo sentir el aliento del gigante y una de sus manos apoyarse en su escuálido hombro. "Adonde vas tan rápido". Volvió a quedarse sin aliento, presa del miedo, a las consecuencias que podía acarrear sus tontos actos.
"No volveré a hacerlo" se gritaba histérica con apariencia tranquila y sosegada para el mundo exterior, ese mundo que solía mirarla con altivez y prepotencia.
Sus ojos brillantes miraron hacia arriba para ver la cara sudorosa del gigante."Se te ha caído, y estas mucho mas guapa con el pelo recogido"
Virginia se llevó las manos a su pelo y descubrió que lo llevaba alborotado, la gomilla se calló y estaba entre los dedos de aquel vigilante de la puerta.
La muchacha le agradeció el gesto a la vez que volvió a recoger su cabello negro y rizado en un moño alto. No le dio conversación, bajó el escalón y volvió a casa presurosa, agitada por los nervios, presa del pánico por haberse creído descubierta.
Al llegar a casa se dirigió directa a la cocina. Abrió su bolso y sacó un platito, una taza y una cucharita. Lo fregó todo bien, lo colocó en un mueble que recuperó del vertedero y lo restauró dejándolo como nuevo.
Al colocarlo en su sitio contó las tazas, descubrió con alivio que ya tenía el juego de seis tazas, ya podía invitar a sus amigas a merendar, miró la alacena y verificó que tenía un paquete de café...
Se sentó un momento en una de las sillas, aún se movía y crujía al sentarse. "Lo próximo sería arreglar las sillas, para que sus amigas, se sintiesen cómodas y seguras mientras se contaban las cosas que se cuentan las amigas" pensó
Repasó mentalmente las cosas que necesitaría para poder arreglarlas. Pronto tendría una casa, un hogar, sencillo y humilde pero limpio y alegre, por fin sus recuerdos de una vida en la indigencia comenzaban a verse lejanos ....
Ahora sólo quedaba una cosa... tener amigas a quien invitar...
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