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viernes, 24 de junio de 2016

Fundiciones





Hoy fue una de esas noches...  De intimidad y susurros, él mordió la manzana de la joven eterna, de la risueña con corazón de algodón de azúcar.  Ella mordió la manzana del paciente y atolondrado hombre de corazón de niño.

Se despertaron tarde como cada Sábado en la mañana, ella se quedó un rato largo mirándole, él se quedó en la cama junto a ella, abrazado  a su cintura y su vientre como almohada.

Ella pensó como había ocurrido, en qué momento de aquel ir venir, de aquella vorágine de risas y encuentros cotidiano el corazón de aquel hombre de enmarañadas ideas se había fundido en ella. 

Él pensó que era cuestión de unas risas, que aquella mujer sería protagonista de algún verano y parte de un otoño robado al calendario.  Intentó quitársela de la cabeza cuando notó que todas las mujeres, todas las mujeres del mundo comenzaron a ser invisibles para él. Quiso desprenderse de esa idea, pero el corazón de ella se había fundido en él.

...


En una terraza nocturna de su bar favorito. Rodeada de los amigos de aquellos días sus miradas se cruzaron  como si dos planetas de pronto se alinearan de forma excepcional, como estas alineaciones que se produce cada cientos de miles de millones de años.  Allí estaban uno frente a otro. Con miradas incrédulas  consientes del milagro cósmico. Se quedan quietos, intentando controlar una situación que saben que es incontrolable.  Se miran, él abre los ojos y gira la cabeza a un lado cual perrito que encuentra a su amo. Ella  sonríe y tapa con sus dedos su boca para que no se le escape eso que ha guardado dentro esos cientos de  miles de millones de años.  Él se acerca a ella y ella se levanta y le espera llegar y siente el abrazo, el calor que desprende el verdadero amor  y vuelve a escuchar su voz como si no hubieran pasado mil orbitas desde aquella última vez que por azar del destino sus mundos se alejaron.


Hoy fue una de esas noches...  De intimidad y susurros, él pensó como podía haberse alejado tanto de aquella mujer de corazón de niña, atolondrada y paciente.  Ella abrazada a él con su tórax como almohada pensó como había podido encontrarse nuevamente con aquel joven eterno, risueño con corazón de algodón de azúcar.

Y allí estaban después de mil años o eso les parecía a ellos, terminando aquella última botella que les quedó por compartir, allí estaban después de media vida buscando lo que nunca encontrarían mas allá de los límites de aquella cama y de sus cuerpos cansados de buscar lo que ya encontraron.  Y entonces ella cerró los  ojos y recordó que hacía tiempo que dejó de amarle, de pensarle, de añorarle pero seguía en ella, aquel amor lejano y olvidado permaneció todo el tiempo, cada día de su vida incrustado en ella en algún lugar entre la garganta y el ombligo.  Y entonces él entendió porqué siempre tuvo la sensación de estar huyendo y aquella mañana tenía la tranquilidad de estar tras una invencible fortaleza de amor y piel.  Después de mil años, a la distancia del azar y una mirada había vuelto a casa.





4 comentarios:

  1. Bello relato
    Buen fin de semana
    Besos

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  2. En este universo donde al lado del el tiempo y las distancias somos tan insignificantes, ¿por qué no puede ser posible que se volvieran a encontrar?.
    Un beso,Nieves.
    Oye, me levanté filosófico hoy o será emlvermut?.

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  3. Un hermoso milagro de amor, felices quienes lo encuentran! Muy esperanzador Nieves, un abrazo!

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