Los milagros esperan al final. Al menos hasta que la esperanza agoniza como salmón en la boca del pardo justo un segundo antes de escurrirse entre sus fauces.
La radio suena de fondo, a un volumen moderado. La luz de medio día entra por la ventana de la cocina. La puerta del patio interior abierta. El aroma de las plantas impregnan el ambiente.
Él corta la zanahoria, a ella le hace llorar la cebolla, él se acerca y le quita las lágrimas con sus besos. Ella introduce la verdura en la salten y se lava las manos, él saltea las verduras, las deja reposar mientras la abraza por la espalda y le hace sentir su sexo mientras muerde el cuello de la joven que siente como su cuerpo se eriza. Ella corta los champiñones, él le echa la salsa especial, esperan... él la abraza y ella se mueve como mecida por el viento. Terminan bailando abrazados al ritmo de alguna melodía inventada.
Introducen los espaguetis en el agua hirviendo. Beben agua del mismo vaso y se besan riendo después de alguna ocurrencia.
Ella añade los espaguetis a las verduras. Él pone la mesa. Comen entre planes medio construidos y risas amables y conocidas. Dejan los platos en el fregadero. Él la coge en brazos. La desnuda a los pies de la cama. Ella se desliza y se tumba en mitad de la cama. Él la mira un instante antes de ir a su encuentro.
-Eres una preciosidad.
Ella nunca se vio demasiado bonita. Lo miró con la sonrisa escondida, él era un torbellino.
Hicieron el amor como aquella vez olvidada ya por tanto vivido. Los milagros esperan al final. Al menos hasta que la esperanza parece agonizar.