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♥ Entra y siéntete en casa ...

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sábado, 18 de enero de 2014

Ágata II


      Era un simple Viernes laboral para cualquier trabajador, pero ni Roberto ni Ágata habían ido a trabajar, ambos pidieron el día libre, un acontecimiento tan esperado como deseado se iba a  producir.


Se levantaron los dos juntos y realizaron el ritual de prepararse para salir de casa con ritmo enérgico y alegre.
Ágata no solía conducir demasiado, por la ciudad prefería el transporte público o  su bicicleta. Había olvidado donde tenía aparcado el coche, tuvieron que dar un par de vueltas a la segunda planta del sótano del parking para encontrarlo. Entraron en él, se abrocharon los cinturones de seguridad y después de que se "calara" un par de veces por fin consiguió arrancarlo y salir de aquel oscuro y húmedo sótano.

Llegaron media hora antes de que el avión aterrizara.


Paseaban sin prisas, por las amplias cristaleras miraban como los aviones aterrizaban o despegaban. El día era gris, aquella noche había llovido y el cielo encapotado no dejaba oportunidad a que el sol brillara ni por un momento.    Megafonía advirtió que un vuelo llegaba con retraso, Roberto se acercó la mano a la cara, cualquiera pondría la vista torcida al querer ver de tan cerca pero para él era la distancia perfecta para descubrir que el vuelo retrasado coincidía con el que tenía apuntado en la mano. Decidieron entonces sentarse un rato en la cafetería para hacer tiempo, una hora de retraso tampoco era tanto...

Ágata daba vueltas y vueltas con la cucharilla al té humeante, Roberto sabía que algo le rondaba por la cabeza.  No se andó con rodeos,  se lo preguntó y ella le respondió con la misma claridad que tuvo la pregunta:

- Tengo miedo a no caerle bien, a que me vea demasiado joven, a que algo se tuerza y todo se vaya al garete...

Roberto dió un largo sorbo a su té, casi se bebió media taza.

- Con mi hermano puede pasar cualquier cosa pero no creo que su visita la utilice para dar el visto bueno a la mujer que amo. No tengas miedo.

Ágata le sonrió y él le cogió la mano a la que le dió un beso con efecto tranquilizador.

Ella se levantó y dijo que iba a comprar tabaco.
La miró mientras se alejaba, los tacones le estilizaban aún más su delgado cuerpo, se movía armoniosamente, pronto la perdió de vista pero minutos después volvió a verla y descubrió como algún muchacho se quedaba mirándola, era difícil que pasara desapercibida.

...

El abrazo fue tan efusivo que la muchacha temió por la integridad de Roberto, después los dos hermanos  se dieron un par de besos, y por último fue presentada.
Ricardo  era aún mas guapo que su hermano,  llevaba un loock totalmente a la moda,  Ágata discretamente se adelantó unos metros para que los hermanos conversaran.
Ricardo la observaba,  iban hablando y en ocasiones sorteando viandantes que se le cruzaban sin previo aviso, Roberto hablaba, hablaba y hablaba...

- Que guapa es!  Ricardo lo soltó de golpe en mitad de la terminal.
- Si.  No podía negar la evidencia
- Dónde la encontraste?
-  No la encontré, ella vino a mí, fue al gabinete, tenía mal la espalda y una cosa trajo la otra... ya sabes.
- Puff,  eres un tío con suerte hermano.


Llegar a la salida de la terminal se estaba convirtiendo en un recorrido interminable, Ricardo era el que hablaba y hablaba ahora,  pero Roberto apenas le prestaba atención, estaba con todos sus sentidos alerta para no chocar con nada ni nadie y si tenía que despistarse con algo lo hacía con su muchacha que levitaba unos pocos metros delante de su bastón.
 " De buena gana revolearía el bastón y correría hacia ella para besarla apasionadamente, allí en mitad de todo aquel ir y venir, la arrastraría hasta la salida de emergencia mas cercana y la amaría sin contemplaciones,  ella era apasionada como yo y quizá los remordimientos de ese acto descontrolado llegarían después, al salir del escondrijo y volver a la terminal como si tal cosa, pero no...   no había visto ninguna salida de emergencia, ni tenía la confianza de revolear el bastón y menos aún de salir corriendo sin darse de bruces con cualquier obstáculo traicionero"

Esta vez encontraron el coche a la primera, se pusieron los tres el cinturón de seguridad y volvieron a casa, con suerte no encontrarían demasiado tráfico y llegarían a casa justo para el almuerzo.






miércoles, 15 de enero de 2014

Ágata







Cuando sonó el timbre estaba colocando las últimas arandelas del nuevo visillo, así la luz entraría opaca en la estancia preferida de Ágata.
El timbre sonó de nuevo, esta vez con menor insistencia.

-Ah!, eres tu!, Ven entra te enseñaré algo! Cogió a Roberto de la mano y lo arrastró en volandas  hasta el centro del salón.

El hombre se esforzó en descubrir la sorpresa, eso que tenía que intuir,  ya que ver,  no veía mucho, a penas tenía un 30% de visión pero tenía un gran poder de intuición y cuando pudo vislumbrar los cuatro libros en el suelo apilados junto a la ventana supo de qué se trataba.

- Me gusta mucho, da un ambiente mas canela a  todo.  Se quedó plantado en el mismo sitio sin mover un músculo.

- ¿Más canela,  que quieres decir con eso?  la muchacha volvió a subir sobre los libros y remató el trabajo.

- Bueno, que te sientes arropado, cómodo... y deberías ponerte algo en los pies, aún hace frío para andar descalza.

- Si ya pero...

- La moqueta no te salva de la gripe Ágata.  Cuando dijo ésto ya se había sentado en su sitio favorito, el sofá de cuatro plazas junto a la ventana.

Tormenta -la gata callejera que un buen día lo siguió por media ciudad y decidió por voluntad propia quedarse en su piso para siempre- se acurrucó entre sus piernas esperando sus caricias.  Mientras, notaba que la luz del día desaparecía y ese ambiente opaco y de calidez ya era un recuerdo.  Ágata se paseaba  con su pijama de pantalón cortísimo, dejando sus largas y delgadas piernas a la vista de Roberto.
La muchacha era bastante mas joven que el hombre,  ella vivía su década veinteañera, irradiaba energía, su simple carcajada era una verdadera descarga electromagnética.  Su melena brillaba y era suave como la ceda, larga hasta la cintura, en muchas ocasiones  ocultaba entre mechones sus pequeños pechos como  Eva en el paraíso. Sus ojos verde oliva,  sus labios carnosos  y sus uñas siempre pintadas de rojo pasión eran características que llamaban la atención.
El hombre estaba en una  travesía cuarentona, esa que ya lleva el piloto automático puesto  que ya no  quedan demasiadas ganas de sorpresas y la tranquilidad es tan  valorada como necesaria.  Siempre tuvo problemas de visión pero con los años se agravó,  se había preparado para cuando el mundo lo viera en negro,  sabía leer braille, se desenvolvía por la cuidad con su bastón, preparaba la comida sin apenas accidentes. Nunca sintió su escasa vista como un drama, estudió y se convirtió en fisioterapeuta. La delgadez de la juventud aún la mantenía, la agilidad y reflejos ya no eran la misma pero en la ciudad tampoco había grandes obstáculos, era tan simpático que cuando él llegaba a cualquier lugar todo el mundo lo conocía.  Sus manos eran huesudas y sus ojos... bueno diría que Roberto tiene esos ojos especiales que son cambiantes, que según el día y la luz que les dé así es su color.
Nunca lleva el pelo demasiado corto,  a veces el flequillo le tapa los ojos,  es muy guapo,  pero Roberto,  a pesar de sus años,  aún no se ha dado cuenta.


Se sorprendió al sentir  el estallido de luz cuando Ágata encendió la lámpara del salón.  Siempre olvidaba hacerlo, se desenvolvía a la perfección sin tener en cuenta si era de día o de noche.  Se sentaron a cenar, el pescado estaba delicioso, ambos llegaron al acuerdo de ponerse un poco a dieta para equilibrar todos los excesos culinarios de las resientes pasadas navidades,  hablaron de los detalles del día, Ágata no había ido a trabajar ese día a la tienda de ropa, lo había aprovechado para terminar algunas labores del hogar que quedaron pendientes hacía meses y se demoraban sin apenas darse cuenta.  Su abuela la había enseñado a cocer y eso era algo que todo el mundo apreciaba,  casi  todas las amigas acudían a ella para esos pequeños arreglos textiles.
Al termino de la cena Roberto recogió la mesa y fregó los platos.
Cuando entró en el baño para fregarse los dientes Ágata aún estaba  tumbada en la bañera con dos rodajas de pepino en sus ojos,  apenas movió un músculo al  escucharle entrar.

- Dónde están las gotas para los ojos?  preguntó Roberto mientras tocaba con las yemas de sus dedos cada uno de los bortecitos del pequeño armario.

- Ay perdóname! lo cambié de lugar, está ahí, en el estante mas bajo, justo a la derecha.  Ágata se había quitado sus rodajas de pepinos para ver si lo encontraba.

- Este? levantó el botecito para que la muchacha lo viera.

- Si.


A Ágata le gustaba verle en ropa interior frente al lavabo; fregándose los dientes, echándose las gotas o afeitándose,  era una escena irresistible para ella.  Cuando Roberto colocaba el bote en su  sitio Ágata ya estaba cubriendo su cuerpo en el albornoz blanco,  apenas se secó un poco cuando le abrazó  por la  espalda, sus enclenques brazos lo envolvieron acariciando su tórax, Roberto escuchó un nuevo suspiro, una nueva palabra de amor mientras sentía sus besos en la  espalda.  Miró su turbio rostro en el amplio espejo,  observó las juguetonas manos de su Ágata que buscaban  divertido entretenimiento,  sentía el roce de la suave pie y el rizo del albornoz,  volvió a mirar la escena en el espejo que parecía más en penumbras  por momentos, el efecto de las gotas...  Se giró  y la besó dramáticamente, como si aquel beso fuera el último que fueran a darse,  ella tuvo que hacer esfuerzos para no fundirse con su pasión,  dejó caer el albornoz y salió presurosa al dormitorio,  Roberto la siguió tan raudo como pudo y volvieron a hacer el amor con una pasión desmedida aderezada con la alegría de la joven.

Roberto despertó como casi siempre minutos antes de que sonara el despertador,  se dio esos minutos para acariciar el rostro de su muchacha, del amor de su vida, y tuvo ese pensamiento que desde que sentía ese amor en su alma no dejaba de atormentarle.  Si de algo iba a lamentar  perder la vista sería por tener que dejar de verla a ella, dormía plácidamente ajena del mundo, en su burbuja de inagotable energía,  la miró como el que mira una obra extraordinaria e irrepetible, intentando memorizar cada gesto, cada marca, cada pequeño detalle para recordarlo siempre.
El despertador sonó y lo apagó al instante, apenas se sintió,  el hombre se incorporó en la cama dispuesto a darse su ducha matutina,  "no  te marches sin besarme" Roberto se tumbó buscando sus labios pero  fue ella quien encontró los labios de su amor y a su vez ese beso tan deseado.