Páginas

♥
Entra y siéntete en casa...

domingo, 28 de febrero de 2016

Tu proposición



Me gustaría hacer el amor contigo - le dijo - sentenció, dejando al descubierto todas las cartas que le quedaban en aquella jugada maestra.

La tarde se tornó naranja, los sonidos de cascabeles perdidos fueron traídos por el viento, pudo sentir como aún quedaban palabras que decir y deseos por cumplir.
Ella lo miró con cautela, sin saber muy bien como actuar con uno de los suyos... A ella también le gustaría hacer muchas cosas que no estaban a su alcance.

Y pudo sentir como aquella proposición rezumó a tiempos lejanos, a guiños a destiempo y descubrió una vez más que no hay mayor desventura que escuchar las palabras más hermosas en la persona equivocada.







jueves, 25 de febrero de 2016

Tus besos



Dame uno de tus besos - me dijo - uno de esos besos tuyos insolentes indescriptibles.
Uno de esos besos en los que entregas el corazón que, según tú,  ya no tienes...   ¡Tontín!
Dame un beso de esos labios tuyos, un beso cortito que dure sólo hasta que amanezca.



martes, 23 de febrero de 2016

LagartiJa




La lagartija yacía inerte en la palma de la mano del niño.  


Apenas unos minutos antes el pequeño animalito tomaba el sol en la pared encalada junto a la parra del anciano Ceferino.  Había parpadeado un segundo, lo justo para caer en las garras de David, su nieto de ocho años.   La guardó entre sus manos, le estiró del rabo, de las patas, la metió en un bote de galletas.  Después de un rato  seccionó parte del rabo con las tijeras de costura de su madre y volvió a darle unas cuantas sacudidas. El niño se quedó hipnotizado viendo como el rabo se movía nervioso queriendo huir junto a  un cuerpo al  que ya no pertenecía.

Cuando David abrió el bote después del almuerzo descubrió que el bichillo estaba paseándose buscando una salida.  Volvió a cogerla entre sus manos apretujándola para que no escapara. Para cuando el niño llegó al arriate descubrió que la lagartina no se movía.  Abrió los ojos de manera exagerada mirando detenidamente al animal cuando descubrió que su vientre aún parecía moverse, le dio un empujoncito con uno de sus dedos pero nada, panza arriba e inerte permanecía en su mano mientras pensaba con una mezcla de asombro, incredulidad y miedo a la muerte.  Giró su vista hacia la puerta de la casa, sin saber muy bien que hacer,  giró con suavidad la mano para dejar en la tierra abonada de los rosales  a la lagartija sin rabo.  Corrió a dentro de casa, era la hora de sus dibujos animados favoritos, su madre ya le preparaba la merienda.


La lagartija abrió uno de sus saltones ojos, olió la tierra húmeda y sabiendo que el enemigo podría estar cerca, dio un rápido giro y corrió con las fuerzas del que escapa de la misma muerte a esconderse entre las ramas de la parra.  Hasta que no se introdujo en su grieta favorita no se sintió a salvo.  No le importó quedarse sin rabo.   El viejo truco heredado por centenares de generaciones de hacerse el muerto había vuelto a funcionar... 






sábado, 20 de febrero de 2016

Hogar




Hoy desperté con cierta lucidez.  Con la música de springsteen en la radio, con el aroma a café recién hecho,  con la luz de media mañana en un día helado, con el regalo de uno de esos días festivos. Pan tostado y una pizca de margarina y mermelada... 
Nuestra pequeña bebía en su bol  su leche especial. Deambulaba sigilosa por la cocina olisqueando algún rastro... se aburría y me miraba con sus ojitos egipcios.
Comenzó a llover débilmente justo cuando él llegó a la cocina, cogió en brazos a la pequeña que se  había sentado en su silla para comerse las tostadas aún humeantes.  La acarició y la dejó en el suelo donde maulló con cierto enfado. 
Me senté con mi café demasiado caliente, miraba por la ventana las gotas de lluvia golpear los cristales.
Apoyé mi mano en la mejilla mirándole como comía las tostadas y me contaba cosas. Y  mientras se  escapaba una sonrisa por la comisura de mi boca, intentaba recordar, pero no conseguía retornar a mi vida sin él. Sé que fue arduo el camino, solitario y angosto en muchos momentos, pero allí estaba, regalándome su vida, sus momentos, compartiendo mañanas invernales, pidiéndome besos con sabor a fresas y escuchando palabras que nunca creí escuchar en mitad de la cocina de nuestro hogar.

Hoy desperté con cierta lucidez. Junto al hombre más bueno del mundo, en nuestra pequeña casita con jardín, una cocina grande donde era fácil sumergirse en recetas deliciosas, un salón donde perder el tiempo viendo televisión, leer o escuchar viejos vinilos  y un dormitorio donde en el techo había una gran cristalera para ver mi cielo en verano  o sus tormentas en invierno. 

La lluvia chafó los planes de barbacoa, pero él no parecía estar demasiado desilusionado.  Llevó los platos del desayuno al fregadero y mirando por la ventana dijo que llamaría a los amigos para aplazarlo. 
No le importaba no tener esa fiesta - me dijo -  podríamos  volver a la cama y hacer el amor. Buscó mi abrazo, susurrando pequeñas delicias mientras me besaba.
Teníamos tan pocas ocasiones para estar con los amigos que le propuse pasar el día fuera, almorzar en alguna de esas ventas de carretera todos juntos, pasar la tarde todos con nuestras historias y nuestras risas y volver a casa tarde, un tanto achispados con alguna cerveza de más, y con la sensación de haber vuelto a casa desnudarnos por los pasillos hasta llegar a la cama.



Encontrar su amor fue un agradable accidente,  despertar cada día con el hombre de mi vida, el que tiene mi corazón entre sus manos, el mejor amigo y compañero que soñé tener, nuestra historia es flexible, adaptable, siempre creciente y cambiante... despertar en cualquier lugar, con lluvia o con sol, con mucho o con lo justo, juntos hemos crecido y evolucionado, el mundo resultó ser distinto cuando decidimos compartir el camino... y tengo la mágica idea que allí donde estemos, allí donde me refleje en su mirada será nuestro hogar...





jueves, 18 de febrero de 2016

Atrapado en aguaceros




“Los veteranos llevan aquí desde los principios de los tiempos"

Aquella afirmación apenas hizo efecto en la conciencia de Gonzalo al escuchar al anciano sentado en una carcomida silla en la entrada de la única tienda del recinto de cabañas.

“A quien está buscando " El anciano se levantó no sin  esfuerzo y se dirigió tras el mostrador esperando que el atractivo y solitario Gonzalo colocara su compra en fila organizada.

“No pienso decírselo..."   A Gonzalo le molestó que quisiera escrudiñar en su vida. 

“No me refiero a eso... "  Carraspeó   " Veo el dolor en sus ojos, me es familiar, ha perdido algo, o.. a alguien, y está atrapado en el tiempo, no puede avanzar ni retroceder... "


Gonzalo prefirió quedar en silencio.  Pagó  con el poco efectivo que le quedaba y salió camino a su cabaña alquilada bajo el aguacero que en esos momentos descargaba en el camino de tierra rojiza, aunque apenas lo notó, dentro del alma de Gonzalo hacía meses sino años que no amainaba su propio aguacero.








lunes, 15 de febrero de 2016

Muñeca





Su abuela le había regalado esa vieja muñeca que encontró en el arcón del desván.
Era una muñeca que sólo tenía un ojo, ninguna de las amigas de la niña quería jugar con la muñeca, cosa que a ella no le preocupaba. 
Durante todo el día era su mejor compañera pero durante la noche tenía que encerrar a la muñeca tan bien como podía, terminó por encerrarla en el mismo desván que la encontró  para evitar escuchar las palabras feas y soeces que le susurraba mientras dormía.


Cada mañana subía al desván y la muñeca estaba donde la dejó la noche antes. Allí estaba, con su bonito vestido rosa y su único ojo azul.




jueves, 11 de febrero de 2016

Como la vida misma





Marta era una mujer resuelta. Siempre tuvo en mente crear una familia; con esposo, hijos y perro, con veraneos en familia, navidades hogareñas y discusiones por entrar en el baño el primero... Pero la vida no ayudó a conseguir nada de estos sueños que se convirtieron en inalcanzables.

Vivía en un pisito pequeño, con dos habitaciones en la que una de ellas utilizaba de oficina, de lugar de trabajo y de estudio,  la cocina y el salón los había comunicado por una especie de mostrador. El salón era el lugar de descanso, unido con la pequeña terraza donde solía sentarse en las tardes soleadas de primavera.  Allí en ocasiones veía  a Pablo, el amor de su vida, estaba casado con una buena chica, bastantes años menor que él, lo veía con Antonio su hijo de 7 años, lo llevaba a las clases de Karate y los sábados salían los tres en bici.  
Marta había luchado media vida contra ese sentir, para que no se notara, en ocasiones prefería pasar como lejana y distante antes de  pecar de simpática, para que no se diera cuenta ni Pablo ni su hermosa y risueña esposa.

David estaba coladito por Marta, sabía que era una mujer independiente que se había acostumbrado a la soledad, a sentirse unidad, que el amor no había sido amable con ella,  que su corazón estaba enganchado a un imposible y que a pesar de todo no perdía el encanto y el brillo en su mirada, cuando la observaba en la cafetería sirope siempre pensaba que era una mujer serena, con los pies en la tierra y  la mirada en el infinito. 
Más de una vez se sentaba con ella para compartir un café e intercambiar los relatos de sus vidas. Y echándole valor a la vida había desnudado sus sentimientos hacia ella, pero el resultado nunca fue el esperado. Ella le capeaba bien y sin darse cuenta, siempre de camino a casa era consiente de las calabazas  que llevaba en la mochila...

Marta siempre creyó en el amor, de echo sabía bien lo que era, prefería vivir en soledad y acudir de cuando en cuando a los brazos de aquel amigo que le regalaba noches de pasión sin preguntas ni compromisos. Prefería estos  momentos prestados antes de dar esperanzas o tener una relación con alguien a quien no le correspondía, aún sabiendo que con David, que era un buen hombre, tendría un bonito hogar, aún habría tiempo de un hijo y tan pronto como ella aceptara tendría todo lo soñado... pero sin amor, tendría que vivir bajo la apariencia de un amor que no sentía.  Y eso no lo quería.



Y así fue como Marta fue dejando pasar la vida. Con su verdadero amor viviendo una vida en la acera de enfrente. Con el amor de un hombre al que no  correspondía. Y viviendo en una independencia solitaria. Con noches de pasión prestadas para no olvidar los besos ni los brazos de un hombre. Su amante siempre discreto y amoroso había estado junto a ella todo el tiempo, se conocían desde adolescente, cuando el sexo era más un terreno inexplorado, que atraía tanto como se temía. Marta no había sido su primera chica pero él si fue el primer chico de ella. Aquél amante siempre atento y disponible para Marta, viajaba por causas de trabajo, se llevaba en ocasiones meses fuera de su ciudad y esa fue siempre la causa que ninguna mujer tuviera la paciencia para compartir la vida con alguien que no estaba casi nunca en un mismo hogar, ninguna mujer aguantó esa situación... ninguna excepto Marta.  Y fue con ella con la que encontró estabilidad emocional. La amaba en silencio.  Compartían intimidad, conversaciones y se comunicaban  a menudo mientras él estaba en otros países. Él siempre  tenía detalles pequeños, palabras bonitas,  sutiles gestos cómplices que Marta agradecía. La conocía bien, quizás demasiado, sabía que si declaraba sus verdaderos sentimientos, esos que habían crecido en él con los días, con los años, con sus llamadas cuando estaba lejos y su amor entre las sábanas, desayunos compartidos, donde sin darse cuenta y debido al vivir cada uno tenían sus cosas en la casa del otro...

Marta nunca tuvo en cuenta aquél detalle, nunca fue consiente que ya llevaba años compartiendo la vida con ese que por alguna razón absurda nunca le acompañó a bodas ni bautizos, ni a los cumpleaños de la familia ni se sentaron juntos en una mesa los pesados días de navidad. Nunca quiso ver que ese que nunca pronunciaba en público era el hombre con el que había compartido todos los buenos y malos momentos.  Nunca quiso ver que Flecha, el galgo que él le dejaba cuando viajaba fuera no era el perro de un amigo que cuidaba temporalmente,  era realmente su perro, y que aquel hombre paciente y compresivo era el autentico hombre, el compañero con el que compartió la vida.
Y así fue como Marta fue dejando pasar la vida...









lunes, 8 de febrero de 2016

Pequeñeces







Desde que Juan vivía con ella en el tercero C de uno de los bloques de pisos con más historia de la ciudad, ella bajaba las escaleras tan rápida como un hámster, las mismas escaleras que Juan había bajado un par de horas antes para ir a trabajar.  Sólo cuando llegaba a la zona de los buzones en la planta baja  resoplaba con disimulo y paraba junto a su buzón color naranja, naranja pasión, naranja amor, naranja familia...  desde que Juan vivía con ella abría cada mañana el buzón para leer las cosas que él le escribía en servilletas de papel dejándoselas allí para que ella lo abriera y fuera leyéndolo por la calle, con pasos lentos, ensimismada en aquellos trozos de papel que ella guardaba en su bolsillo antes de entrar en la oficina  donde trabajaba a penas a dos manzanas de casa. 

Cuando volvía a eso de las dos lo primero que hacía era cambiarse el calzado y guardar el trocito de papel en una carpeta celeste con un pequeño corazón que ella había pintado con un bolígrafo rojo.
Se dirigía a la cocina y preparaba el almuerzo para cuando llegara Juan a eso de las tres y media.   Él al llegar le daba un beso y ayudaba a poner la mesa aunque casi siempre ella lo tenía  todo organizado, comentaban lo vivido en la mañana, y compartían el ratito de sobremesa, ella volvía a la oficina a las cinco, él ya se encargaba de fregar y ordenar la cocina, bajaba un rato  donde los amigos, para eso de las ocho volver a casa.

Ella le sonreía durante el rato que descansaba en el sillón antes de volver al trabajo,  siempre pensaba que pondría en el papelito que le esperaba en el buzón. Qué era lo que habría pensado esa mañana entre visita y visita, entre llamada y llamada.

A las cinco menos cuarto ella volvía a calzarse, volvía a bajar las escalera como un hámster y abría el buzón... su cara se iluminaba y salía a la calle...  Juan se asomaba por el balcón  y la veía leyendo ensimismada, a pasitos cortos,  y al revolver la esquina, justo en ese momento se guardaba el papelito después de haberle dado un beso.

Le regalaba esas pequeñeces porque sin ella en su vida habría un GRAN vacio.









jueves, 4 de febrero de 2016

Abundancias









La abundancia era un estado de ánimo dentro de ese hombre opaco y  ambicioso. 
Si sólo se empañaba en observar la "falta", la carencia terminaba por aumentar, por brotar sin control y conseguía hacerse dueña de su vida.
Mira lo que tienes, lo mucho, lo poco, lo bueno, lo simple y cotidiano y entonces aumentará la abundancia... - le susurraba algunos de los pocos amigos interesados que le quedaba-

Pero aquel hombre era tan pobre que sólo tenía dinero...









lunes, 1 de febrero de 2016

Platónico







Mi corazón siempre fue correspondido. Siempre encontró el abrazo y el cobijo de quien quiso y deseó.
Siempre fui de arcoíris y amaneceres, de noches en vela a la luz de la lumbre escuchando viejas historias bebiendo una cerveza a medias.

Mi corazón tan de ensoñaciones y sueños quiere ir hacia tu arcoíris, se empeña en alcanzarlo y llegar a ti, a tu casita en las nubes, a tus fuertes manos de guerrero, a tu mirada infinita, a tus besos de chocolate.

Mi corazón aún no sabe que eres ensoñación y humo de canela, aún no sabe que eres tan inalcanzable como el arcoíris, que impregnas con tu esencia todo lo que soy, que esta vez es distinto, que éste es de los te roban el ♥ alégremente, que esta vez no habrá besos robados en los portales, que no habrá manos enlazadas ni intimidad en sábanas blanca con olor a lavanda.  

Mi corazón está conociendo un amor nuevo y desconocido, el amor perfecto y el que perdurará en el tiempo, el que se sueña y se inventa, el que se idealiza, con el que se convive a ratitos en casitas de madera en mitad de una pradera siempre en primavera.  Un amor tan hermoso e inalcanzable como los hermosos arcoíris de Abril.   Y con ese amor seguiré avanzando, con los pies en la tierra, con la mirada siempre en el infinito, donde está ese amor tan bonito con aires de hogar sencillo, con pequeños detalles.

Mi corazón está viajando entre las nubes, cuando despierte tendré que hacerle entender que este amor es ese amor del que escriben los poetas, de los que te hacen sonreír, de los que están al otro lado del arcoíris, de los que no son para ti, que todo amor es bonito si se toma como un regalo.

“Pero tu cuerpo desnudo solo debería pertenecer a quien se enamoró de tu alma desnuda". Esta vez no corazón, esta vez no...