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Entra y siéntete en casa...

jueves, 27 de noviembre de 2014

Motivos ~ 2~




Fatemeh tenía una vida sencilla con sus padres y hermanos en unas tierras áridas e inhóspitas, a pesar de ello vivía bien, incluso comenzaba a hacer planes de boda con su prometido, pero como suele ocurrir, sin casi darse cuenta llegó un tiempo oscuro, de maldad y muerte.   Los sucesos se desenrollaron rápido, cono el azote de una ola, como un alud en la montaña... Y todo su mundo conocido desapareció.  La gente amiga y conocida había desaparecido o simplemente habían muerto.

Estuvo dos años en un campo de refugiados, en un lugar tan árido e inhóspito como su propio hogar. La diferencia es que en ese lugar no había ni amor ni risas, se sobrevivía, no más.

Fatemeh pensaba y soñaba con su prometido en muchas ocasiones. Intentaba imaginar donde estaba, si habría podido escapar, si luchaba en alguna guerrilla o simplemente ya no había destino en él. Pensaba en como podría haber sido su noche de bodas y lamentaba no haber hecho el amor con el hombre de su vida, lloró amargamente la noche que aquel tipo la agarró y la usó como si fuera un clinex.  Después de aquello, sólo tuvo una idea en su cabeza... salir de allí a toda costa.


Era un día de infierno, cercano al fin de año.
Antes del alba, una mujer atravesó la frontera. Salió como Fatemeh y entró como Virginia.



Virginia era silenciosa y desconfiada con los hombres.  Apenas tenía acento al hablar. Después de mucho penar consiguió un trabajo en una empresa de limpieza. Trabajada mucho fuera y dentro de casa, tardó meses en poder arreglar todas las sillas, incluso pudo comprar un aparato de radioaficionado. Cada noche rastreaba las ondas, buscaba frecuencias y mantenía conversaciones con personas lejanas en el idioma de su viejo y árido hogar, mantenía la esperanza de encontrar al que iba a ser y nunca fue su marido...

Resultó que cierta mañana llamaron a su puerta, hacía frío, faltaba poco para Navidad. Abrió los ojos y esperó un momento...   -volvieron a llamar- ...hacía tanto frío en aquella casa sin calefacción.
 Se cubrió con una manta y fue a abrir.

Había dejado toda la noche el aparato de radioaficionado encendido y cada tanto las voces entrecortadas se hacían dueñas del lugar.
En un principio no vio a nadie tras la puerta, pero una voz se escuchó interrogante. "¿Eres Virginia?"
Ella afirmó con la cabeza mientras cubría con la manta aún más su cuerpo.
"verás, es que tengo esto en casa y me ha dicho Emilio, el de la frutería de la esquina, que tú le sacarías partido. La verdad es que yo lo veo fatal pero si  te interesa es tuyo"
Virginia dio unos tímidos pasos fuera de casa y se giró para mirar de lo que hablaba. Estaba todo metido en un camión grande, bien podía ser de mudanzas.
"Bueno pero de que me estás hablando, ahí dentro hay muchas cosas"
"Hablamos de todo lo que hay dentro"
"¿Todo? pero, es demasiado... no sé que decir"
"Mujer, no te preocupes" rió a carcajada limpia, como si no le importara llamar la atención a los madrugadores viandantes."Mi hermana se ha empeñado en reformar la casa y joder, esto no puede ir a la basura, llevo días dándole vueltas a lo que hacer con esto y Emilo me dijo que tú reformabas muebles o yo que sé que historia. Si los quieres me haces un favor, llevan un mes ahí metidos"
"Claro, claro que los quiero" 
"Pues si me invitas a un café llamo a mi primo y lo descargamos"

El hombre entró siguiendo los pasos de Virginia, ella con timidez acentuada pidió que esperara un momento a que se vistiera.
Mientras que estaba en su cuarto cambiándose, escuchaba al hombre hablar con voz alegre y jovial con "su primo",  se despidió con un "Aquí te espero churra".  
Al salir Virginia se dirigió a la cocina. Hizo el café y lo sirvió junto a unas galletas. "jo. En esta casa hace un frío que pela". 

El día pasó rápido en compañía de aquellos hombres alegres y dinámicos, le trajo recuerdos de sus hermanos. Tras ese día llegaron otros, muchos mas, Javier no dejó de visitarla con cualquier escusa. Pasaron juntos la navidad, la primavera, el verano y pronto volvería una nueva navidad en sus vidas.  Virginia aprendió a confiar en él y Javier terminó entendiendo la tristeza de su mirada y su actitud huidiza. No le importaba, porque después de tantos meses a su lado descubrió que la quería, una vez se atrevió a decírselo, en la costa, en una noche tan calurosa que no podían dormir en el camping y decidieron pasear junto al mar, si...  allí se lo dijo y ella no dijo nada, la oscuridad de la noche le impidió ver su mirada, se limitó a seguir caminado como si nada, cosa que Javier interpretó como una negativa rotunda, un portazo mudo en todas las narices. Así que nunca más sacó el tema del amor, de su amor, el que gastaba en silencio, con su compañía, con sus conversaciones, con sus rarezas y esas extrañas cosas que tardaba días o semanas en descifrar.
En los últimos tiempos Javier le estaba arreglando la cocina, las humedades traspasaban la pared provocándole a la mujer constipados continuos. Apuraba tanto el día trabajando que pasaba la noche  en casa de virginia. Fue entonces cuando descubrió las terribles pesadillas. Se despertaba gritando y llorando, hablando en otra lengua y llamando a alguien como si se le fuera la vida en ello.
Javier entró en la habitación, se acercó  a ella y pudo  ver el terror desencajado. Virginia le abrazó y hundió su cara en el pecho de Javier. Intentó tranquilizarla a duras penas, ella aún aturdida hablaba en su lengua madre, tardó mucho rato en poderla tranquilizar.  La mantuvo entre sus brazos, ella se dejó acurrucar, decidió quedarse junto a ella toda la noche, bajo las mantas, junto a un cuerpo tan suave como infranqueable.
Aquella mañana de Domingo llovía, el sonido de la lluvia golpeaba con fuerza las ventanas, el viento gritaba colándose por las rendijas. Bajo las mantas se estaba bien, aún era temprano, Virginia aún dormía y Javier la observó unos momentos intentando imaginar como hacerle la vida mas fácil.  Virginia despertó entonces, abrió los ojos lentamente y dejó escapar una sonrisa al verle allí junto a ella, buscó las manos de Javier y las enlazó con las de ella. Le dio las gracias por cuidarla y estar cada día mimándola.  Javier no sabía que decir, aquel despertar lo aturdió, era feliz con aquello, no quería volver a dejar caer los cimientos ya construidos con un alarde de valentía y seguridad masculina.  Sus actitudes de macho alfa quedaron atrás, en otro tiempo. Se dejó llevar por el silencio, se dejó llevar por los sonidos, el tacto de sus manos, su mirada brillante, y como si todo aquello fuera el envoltorio  de un regalo Virginia acercó sus labios a los de Javier y le besó,  con timidez, con sutileza, Javier le respondió con un nuevo beso, mezclado entre su incontrolable arrebato y la ternura que  destilaba su hermosa amiga. Sintió las manos de Virginia temblorosas.  Sus corazones comenzaron a fundirse con aquel  beso,  el deseo y la pasión llegarían después... a su debido tiempo. Cuando sus corazones terminaran de fundirse y sólo fueran uno.





              


domingo, 23 de noviembre de 2014

Motivos



 Virginia sentada en su lugar favorito observaba a las personas de las otras mesas, reían y saboreaban los pasteles; de calabaza, almendras, chocolate, trufa...  
Ella imaginaba volver a un tiempo atrás, justo para resolver ciertos errores que guiaron desde entonces su desdichada e indigente vida. Daba vueltas al café ya frió y lo bebía justo en el momento adecuado.
Estudiaba minuciosamente el momento para levantarse y marchar a casa. Ocultaba las manos enrojecidas por los líquidos de limpieza en las mangas cedidas de tanto estirar de ellas.
El Gigante de la puerta no le había quitado el ojo de encima desde que entró en la cafetería.

Contuvo el aliento un instante, se mordió los labios presa de sus ocultos nervios. El Gigante se acercó a ella justo en el momento que iba a alcanzar el territorio del sol, una señora con un carrito de bebé la hizo parar justo cuando bajaba el escalón de la salida. El sol la deslumbró un instante por eso apenas pudo sentir el aliento del gigante  y una de sus manos apoyarse en su escuálido hombro. "Adonde vas tan rápido".  Volvió a quedarse sin aliento, presa del miedo, a las consecuencias que podía acarrear sus tontos actos.  
"No volveré a hacerlo" se gritaba histérica con apariencia tranquila y sosegada para el mundo exterior, ese mundo que solía mirarla con altivez y prepotencia.
Sus ojos brillantes miraron hacia arriba para ver la cara sudorosa del gigante."Se te ha caído, y estas mucho mas guapa con el pelo recogido"
Virginia se llevó las manos a su pelo y descubrió que lo llevaba alborotado, la gomilla se calló y estaba entre los dedos de aquel vigilante de la puerta. 
La muchacha le agradeció el gesto a la vez que volvió a recoger su cabello negro y rizado en un moño alto. No le dio conversación, bajó el escalón y volvió a casa presurosa, agitada por los nervios, presa del pánico por haberse creído descubierta. 

Al llegar a casa se dirigió directa a la cocina. Abrió su bolso y sacó un platito, una taza y una cucharita. Lo fregó todo bien, lo colocó en un mueble que recuperó del vertedero y lo restauró dejándolo como nuevo.
Al colocarlo en su sitio contó las tazas, descubrió con alivio que ya tenía el juego de seis tazas, ya podía invitar a sus amigas a merendar, miró  la alacena y verificó que tenía un paquete de café... 

Se sentó un momento en una de las sillas, aún se movía y crujía al sentarse. "Lo próximo sería arreglar las sillas, para que sus amigas, se sintiesen cómodas y seguras mientras se contaban las cosas que se cuentan las amigas" pensó 
Repasó mentalmente las cosas que necesitaría para poder arreglarlas.  Pronto tendría una casa, un hogar, sencillo y humilde pero limpio y alegre, por fin sus recuerdos de una vida en la indigencia comenzaban a verse lejanos ....  

Ahora sólo quedaba una cosa... tener amigas a quien invitar...








lunes, 17 de noviembre de 2014

Entuerto

Anduvo presuroso desde la plaza central hasta el número nueve de la calle Barquera.  Miró el reloj con inquietud al no verla sentada en el mismo lugar de siempre. Pasaban pocos minutos de las cuatro de la tarde.  Llegó al número nueve y llamó dando un par de golpes a la puerta -sabía que el timbre no funcionaba - .

- Qué pasó, me asusté al no verte en el sol.

Hoy Macarena tuvo visita, almorzó tarde y aún estaba fregando el plato y la cazuela.
Dejó el fregado y se detuvo frente al cartucho de castañas que Antonio le traía a sabiendas por lo mucho que le gustaba, cogió una, aún estaba caliente, no quiso demorarse en desprender la cascara y comerla. Le gustaban así calentitas. "Gracias Antonio".  Se acercó entonces a una de las sillas, puso en sus brazos las muletas y se dirigió a la calle, Antonio la seguía con cuidado, para no tropezar con las muletas. "Te sigue doliendo"  Preguntó el hombre con cierta preocupación.  Ella le respondió que ya no le dolía,  ahora comenzaba a picarle pero lo arreglaba con las agujas de tricotar. "Pues eso no debe ser bueno" "Ahora vas a ser tu mi médico o qué"  Refunfuñó cansada de escuchar sus constantes consejos.

Él sabía que se sentía agobiada con aquella engorrosa escayola que le cubría desde los dedos hasta la rodilla. Quedó en silencio para aplacar los ánimos.  A los minutos ella le cedió el cartucho y Antonio cogió un par de castañas.

- Hoy lo he visto. 

Marcarena subió la mirada y miró al fondo de la calle, un par de niños salieron corriendo y una mujer los gritaba para que parasen, miró al cielo y la luz del sol le hizo guiñar uno de los ojos.

- Me ha dicho que no puede esperar más y que ha encontrado otra chica para el despacho de la carne.

Macarena sin decir nada dio un par de golpes a la escayola culpándole por su nueva incorporación al desempleo.

- No te preocupes, cuando te quiten la escayola dentro de diez días todo irá a mejor, encontrarás algo y si no siempre puedes volver a las castañas.

Macarena le cedió el cartucho donde aún quedaban un par de castañas... ya frías.  El sol se coló tras el campanario de la Iglesia, eso anunciaba que eran las cinco y media, hora de volver a casa, darse un baño y preparar la cena. Antonio  entró en casa de Marcarena  dejándola a ella detrás, tiró el cartucho y las cascaras al cubito de basura y esperó que la mujer entrara, llevaba dos meses con las muletas y aún no se manejaba bien, tropezaba con todo y se cansaba muy pronto.

Antonio entró en el baño y abrió el grifo de la bañera. Volvió al salón y cogió en brazo a la mujer "Estoy cansada de esta mierda Antonio" "pues te aguantas"  Esperó en la puerta del baño mientras la mujer se desnudaba, se le notaba cansada, agotada de aquella situación.. Antonio cubrió la pierna escayolada con una bolsa, cogió en brazos a Macarena y la metió con cuidado en el baño dejando la pierna fuera del agua apoyada sobre uno de los lados de la bañera. " ¿Quieres un baño de espumas?"  " Hoy no estoy yo para baños de espuma".  La mujer se lavaba mientras Antonio recogía la ropa y preparaba un caldo para la cena.  Volvió para sacar del baño a la mujer que comenzaba a tener los dedos arrugados. La cubrió con el albornoz y le quitó el plástico de la pierna.  Hizo el gesto de secarla como se le hace a los niños, "Venga anímate mujer, te espero en el salón"



El reloj marcaba las once y media cuando terminó su serie favorita, basada en una supuesta apocalipsis zombie. Hablaron un poco sobre el capítulo y Antonio dijo que se iba a la cama, su despertador sonaba a las 4.30 A.M.
- ¿ No te marchas a casa hoy? 
- ¿Quieres que me vaya?
- No no, pensé que te irías, solo eso.
- En casa no me espera nadie, prefiero quedarme aquí contigo.



Ya en la cama, ella dormía pero Antonio recordaba la conversación con el ex-jefe de Macarena, los remordimientos le hacían no poder dormir; recordaba aquella madrugada, sonó el despertador como cualquier otro día, se preparó el desayuno y la mala fortuna hizo que se le derramara la botella de aceite. Antonio apresurado para no demorarse,  limpió el suelo con la bayeta  y unos cuantos papeles absorbente de cocina. Debió asegurarse pero llegaba tarde y salió corriendo al trabajo. 
Recordaba la llamada desesperada de Macarena,  que lo llamaba desde el Ambulatorio contándole que se había caído en la cocina de su casa y se le había partido la tibia. ¡ AY DIOS MIO! ... Si no hubiera derramado el aceite, si hubiera perdido un poco de tiempo en limpiar todo resto de aceite del suelo... nada hubiera pasado, no se hubiera caído, no hubiera perdido su puesto de trabajo...  Macarena no sabía nada de aquello, cuando regresaron juntos a casa,  Antonio se encargó de ponerlo todo en orden, pasó concienzudamente la fregona por el suelo, como el que quita las pruebas de un homicidio. Claro que todo quedó limpio como la patena, pero su consciencia tenía un gran nubarrón que no lo dejaba vivir tranquilo.
No descansaría hasta restablecer todo el entuerto.






viernes, 14 de noviembre de 2014

Nuevos aliados

A los tres años Martina  correteaba por la casa con las mascotas de Tía Sofí.

Los tres gatos no terminaban de fiarse de ella, más de una vez fueron víctimas de sus insufribles juegos, tirones de orejas y  rabo y esa enfermiza idea de querer ponerles los vestidos de su muñeca favorita ...

Cuando la veían entrar,  los gatos desaparecían,  esperaban en algún escondrijo hasta que la bonita Martina se iba con su mamá.

Tía Sofí entró como de costumbre con el sigilo que provoca andar descalza sobre parquet , sus ojos se abrieron como en una caricatura de ella misma.

Martina había llevado una taza de leche al cuarto, Sofí no sabía cual había sido el detonante, el tipo de trato, conversación o juego que Martina había mantenido con sus bonitas y siempre encantadoras mascotas.
Sus tres gatos y Martina lamían la leche esparcida por el parquet.
El GRITO lanzado por la tía Sofía fue descomunal.  La niña levantó  su linda carita  con los restos de leche en la comisura de la boca y en la punta de la nariz.  No demasiado afectada por los gritos y la riña de su tía.   Alegó que "estaba jugando a que era una gata" .


Desde ese día Tía Sofía tuvo aún mas vigilancia en el cuarto de juego. Antes confiaba en dejarla a solas algún que otro rato mientras jugaba con sus muñecas.
Desde que compartió el tazón de leche con los gatos, éstos la buscan a cada momento... Los que antes desaparecían huyendo al ático, lugar donde la niña jamás subía, ahora la buscan y parecen escoltarla en todo momento, siempre parecen  estar conspirando los cuatro, atentos y sigilosos para asaltar la caja de leche o la lata de atún...  Nunca se sabe.... La relación entre mascotas y niños siempre son sorprendentes y tienes que estar preparada a lo inesperado en todo momento.






miércoles, 12 de noviembre de 2014

lunes, 10 de noviembre de 2014

Su hora más oscura





Ahora que han pasado tantos años como para creerlo olvidado llegó su hora.  No la del último juicio sino esa que hay que pasar cada vez que se tiene una nueva novia y te hace esas diez mil quinientas sesenta y cuatro preguntas para conocer tu pasado. Que para el que no lo tenga pues resultaría hasta ameno y anecdótico pero para alguien como  Rafael, su presente, era una constante lucha para redimir  sus pecados, esos que en un tiempo lejano fueron simplemente su forma de vida, sin más...


Su nueva novia era vegetariana y animalista, la conoció en una convención de "Nuevos pensamientos para un nuevo mundo".
La tenía frente a él, tomando una de sus infusiones, descalza y con tan sólo el albornoz cubriendo su escuálido cuerpo, Rafael la miraba sabiendo que estaba a punto de hacer una de esas preguntas. Una de sus cejas se arqueaba y miraba a no sé donde... justo después soltaba la pregunta, como si la hubiera estado meditando durante horas y horas.

"Cual ha sido tu hora más oscura"

Aquella nueva novia era una de las más inteligentes que había tenido. ¿Qué clase de pregunta era esa?   La peor cosa que has hecho en la vida, eso que ni quieres recordar ni nunca ha salido de tu boca para contarlo...
" No voy a dejar de quererte por lo que me cuentes"   Su mueca le hizo gracia. En el  fondo era una ilusa.
Rafael estaba cansado de camuflar y ocultar sus viejas actitudes de "Barbado sanguinario"  así que se reclinó hundiéndose del todo en el puf y lo soltó, con voz pausada como la de un abuelo bonachón que le cuenta cuentos a los nietos, pero aquella historia no era cuento, en aquella historia no había hadas ni princesas, no, no había nada de eso ...

 - Cuando vivía con mi familia en una casona en mitad de la nada yo me solía encargar de los animales después de salir del colegio, eran animales nobles y nos aportaban dinero y compañía, Marcelina era la única que nos creaba problemas por su insistente romance con el perro del cabrero. Esa maldita perra se quedaba preñada cada vez que tenía oportunidad y mi padre no quería tener más perros que ella y Rodolfo -el galgo - así que como yo era el encargado de ella porque fui el que quiso traerla a casa yo era el encargado de deshacerme de sus cachorros.

- Que hiciste Rafael...  La voz de la muchacha sonó cortada, temerosa ante lo que ya intuía con claridad.

- La primera vez fue la más dura. Vomité el almuerzo y aquel momento se convirtió en mi pesadilla durante meses, hasta que tuve que volverlo a hacer tantas veces que mejoré la técnica tanto como para que no se advirtiera sufrimiento alguno.


- Pero Rafael, - hizo una mueca frunciendo el ceño- es una broma  :/  pero si tu eres uno de los defensores de  animales mas radicales que conozco!!!  

- Lo sé,  pero hasta que me fui de casa con Marcelina siguiéndome los pasos,  - se cubrió los ojos con el antebrazo como queriendo defenderse de sus propios recuerdos- tuve que andar el camino de la cruz del monte demasiadas veces, con un saco al hombro, hasta llegar al único árbol centenario de aquellos contornos,  en pocos minutos  el saco inerte se quedaba en la vieja fosa abandonada.


La muchacha se quedó sin palabras. Entre todas las cosas que podía escuchar aquella fue terrorífica. No podía imaginar cómo de aquél bárbaro resurgiera una persona tan amorosa y sensible para los animales. No entendía como pudo hacer aquello.

Rafael aún con el antebrazo cubriendo los ojos cerrados en ese momento. Recordó a ese niño oteando un breve segundo el horizonte, asegurándose que no había silueta humana en la amplia llanura casi siempre solitaria. La brisa del final del día, los últimos rayos de sol, la larga sombra de la cruz dedicada a los combatientes de viejas guerras.  Recordó el peso muerto y la fuerza que debía emplear para lanzar lejos la descendencia de Marcelina.






viernes, 7 de noviembre de 2014

La Montaña







Aún la luz del día iluminaba las calles.  El colegio del pueblo permaneció  cerrado a cauda del desprendimiento de uno de sus techos a causa de la colosal nevada de dos noches antes. La pequeña Yolanda de 8 años había estado en el salón junto a la chimenea todo el día, haciendo deberes del colegio, dibujando, viendo televisión  y jugando con sus muñecas.

Pedro,- el vecino - había limpiado la entrada de toda la nieve acumulada. Dijo que no le importaba limpiar unos metros más.
Amalia le preparó un GRAN tazón de arroz con leche y una olla de caldo con pollo para agradecerle el esfuerzo.

Acababa de dar una vuelta a Yolanda para ver que seguía todo en orden. Metió otro tronco en la chimenea que no tardó en arder. La niña, se había quedado dormida en el sillón. Volvía al ordenador donde trabajaba cuando el pueblo se quedaba incomunicado cuando escuchó el crujir de la nieve en su puerta. Esperó un instante hasta que el timbre sonó.
Abrió la puerta y al descubrir quien era tuvo que agarrarse con fuerzas al pomo para no tambalearse presa de los nervios. Apenas podía ver su rostro a causa de una barba poblada y un pelo negro y rizado que le cubría parte de los ojos y las orejas, la  ropa que llevaba era de montaña, acartonada por las nevadas y el vivir en la intemperie.  ¿ Dónde has estado? fue lo primero que salio de la boca de Amalia.  En la montaña  Respondió el hombre mirando tras él. Señalando con la mirada la Gran Montaña del norte. Creo que me perdí pero ayer encontré el camino.   Metió sus manos en el bolsillo del chaquetón de montaña.



El hombre se sentó junto a la chimenea con aspecto de aturdimiento como si estar en un sillón junto al fuego fuera escena de otro mundo.
Amalia se sentó frente a él.  En el suelo con la sensación de estar frente a un fantasma...

Hace 8 años el hombre que tenía sentado en el sillón marrón de cuero era su marido. Hace 8 años una mañana de Noviembre  su marido marchó con tres amigos a escalar la Gran montaña del norte, era una tradición subir esa montaña poco antes de navidad. Aquel año hubo un desprendimiento y una ola de nieve los engulló.   Rescataron a los tres amigos, uno de ellos luchó en coma dos meses en el hospital hasta que la parca lo arrancó de este mundo. Juan el marido de Amalia nunca lo encontraron, nunca apareció a pesar de que cuando llegó el deshielo el pueblo realizó batidas de búsquedas sin resultados. La montaña lo engulló, desapareció sin más.  A los cinco años una carta del gobierno le anunció que era viuda legalmente.  
Era incomprensible como podía haber estado perdido 8 años y aparecer sin más una buena mañana. La montaña lo devolvió ... el tiempo había pasado, había llorado mil noches, la mitad de su alma se había quedado en la montaña, pero el tiempo pasó y aprendió a vivir sin Juan. Un día comprendió que debía seguir adelante, debía guardar ese amor en un bonito baúl y seguir  en vida...  Y así fue, cuido a su bebé y la vio crecer, trabajaba y cuidaba a sus padres que vivían no muy lejos de ella.  Si... después de 8 años Juan se convirtió en un fantasma, en un difunto al que no se le podía llevar flores al campo santo, un fantasma que hoy estaba sentado en el salón de casa  y después de tanto tiempo no sabía como afrontarlo, como explicarle que era su viuda y que había luchado para poder vivir sin él.

- ¿Papá ha vuelto?  La niña aún con los ojos abiertos  miraba a Juan y éste pareció sonrreir bajo la espesa barba.

La niña se levantó y lo abrazó  con una naturalidad que sobrecogía. 


Amalia, sentada en el suelo, le quitó las botas mojadas de la nieve y las puso sobre la lumbre.  Se acercó a él  y abrazo las piernas del hombre.  No debiste dejarnos, te había olvidado.  Expresó con pesar la pobre mujer.
Juan acarició su cabeza y besó su frente.  Ayer encontré el camino mujer... volvió a decir. Entonces la besó, beso espeso, cansado, carente de energía y pasión. 

Las lágrimas brotaron de sus verdes ojos, el llanto compungido sorprendió a la niña, al hombre, incluso a ella, el llanto rompió el silencio del momento incluso la hizo despertar en mitad de la madrugada.  Amalia abrió los ojos y pudo ver la luz de la luna alumbrar con tonos platas algunos rincones de su dormitorio, su marido  inclinado con la mano sobre su vientre velaba su nueva pesadilla.  

- Tranquila era una pesadilla.   Silverio su amoroso marido acarició la frente de Amalia y la volvió a tranquilizar como casi todas las noches.

Amalia se levantó de la cama y dio unos pasos hasta la ventana, divisó en silencio la Gran Montaña del norte, esa que le arrebató hace 8 años a su joven marido, un hombre que nunca fue encontrado y que permanece en algún recoveco, en alguna anónima hendidura de la silueta de aquella horrible montaña. 

Silverio, era su marido desde hacía un par de años, Era electrónico y hombre de bien, arreglaba los pequeños electrodomésticos de los vecinos del pueblo y cuidaba de Amalia, periodista  y mujer abatida por los avatares de la vida...

Amalia sintió la mano de su marido Silverio, que volvió a abrazarla, a mimarla y a tranquilizarla como casi todas las noches, cuando el marido difunto perdido  en la montaña volvía a casa en el mundo onírico de su esposa.





miércoles, 5 de noviembre de 2014

Luna de Babilonia



Tenían razón, ahora lo sé, no sé si tarde pero lo he comprendido al fin...

He dejado de soñar, de perderme en laberintos de romanticismos, de esperar que me regalen lunas,  de  pretender que compartan mi vida creando hogar y familia...

Tenían razón, ahora lo sé, conseguí mi luna y vivo en mi propia Babilonia. Lo tengo todo aunque en apariencia parezca que nada poseo,  en algunas noches observo a la gente, cansada, agotada de vivir en un teatro tan hipócrita  como agotador.  Yo los observo mientras recuerdo los poemas que me escribías  cuando eras poeta.  Ahora ya no importa, ahora soy libre...

Ahora lo sé, al infierno se va por atajos, y yo que vengo de vuelta, no aspiro a mucho más que descansar un poco en mi propia Babilonia, esa que creé con poemas  muertos y sueños malgastados.








lunes, 3 de noviembre de 2014

El Otoño que nunca llegó




Este año lo añoraba con fuerzas,
deseaba sentir el viento de norte,
sentir el relente al madrugar,
el crujir de las hojas bajo mis botas de piel,
sentirme en casa protegida de los primeros fríos,
ver  las primeras leñas para el fuego de las chimeneas vecinas.
Pasear por el pueblo y comprar a la castañera un cucurucho de castañas que como de costumbre se me antojan en ese momento al olerlas ya de lejos,
Las ganas de té,  bizcochos, de mirar tras las ventanas el tiempo desapacible,
perderme en melancólicos recuerdos,
Pero...
No llegó...
Ni el viento del norte, ni las botas de piel, ni el frío ni las leñas están preparadas,
Las chanclas que sólo conocían arena de playa y césped piscina, este año ha pisado las pocas hojas que cayeron de los árboles aburridas de esperar...
Aún el abanico es utilizado en algún momento, los helados y la manga corta siguen siendo cosas del ahora...
Pronto, llegará el invierno. Con sus luces, pestiños y polvorones... su año nuevo.. su renacer, su reinicio...
Y el tiempo pasará y todos olvidaremos, porque somos de fácil olvido que este año el otoño no quiso llegar, se entretuvo, se perdió...  en ocasiones cuando miro el calendario, descubro  con pasividad inquietante que la vida sigue a pasar de su ausencia, a pesar de que no debe ser cosa buena, porque este año no hubo cuatro, este año el otoño no llegó...




sábado, 1 de noviembre de 2014